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sábado, 28 de marzo de 2026

Café frío y miradas largas


 En la vieja biblioteca de la universidad, donde el polvo parecía haberse instalado con vocación de permanencia, se cruzaron por primera vez.

Leire estaba sentada junto a la ventana, rodeada de libros abiertos como si fueran alas. Estudiaba Historia del Arte y tenía la costumbre de subrayar frases que le hacían sentir algo, aunque no supiera explicar el qué. Aquella tarde, la luz de otoño se filtraba dorada sobre las páginas, y ella parecía formar parte del cuadro.

Daniel llegó tarde, como casi siempre. Ingeniería. Prisa. Café frío en la mano. Buscaba un sitio cualquiera donde sentarse, pero no quedaba ninguno… excepto el de enfrente de Leire.

—¿Está libre? —preguntó, señalando la silla.

Leire levantó la vista. Dudó un segundo, como si la pregunta fuera más importante de lo que parecía.

—Sí —respondió al fin.

Daniel se sentó. Al principio no hubo nada especial. Solo el sonido de hojas pasando, teclas suaves y algún suspiro. Pero, a veces, lo importante no empieza con ruido, sino con una coincidencia silenciosa.

Pasó una hora. Luego otra.

En un momento, Leire dejó caer su lápiz. Rodó hasta los pies de Daniel.

—Perdona —dijo ella.

Él lo recogió y, al devolvérselo, se quedó un instante más de lo necesario.

—¿Siempre subrayas tanto? —preguntó, curioso.

Leire sonrió ligeramente.

—Solo lo que no quiero olvidar.

—¿Y funciona?

Ella lo miró, esta vez con más atención.

—A veces.

Desde ese día, empezaron a coincidir. Primero por casualidad. Luego, no tanto.

Daniel comenzó a llegar antes. Leire empezó a ocupar siempre la misma mesa.

Hablaban poco, pero cada conversación se quedaba dando vueltas en la cabeza durante horas. Él le explicaba cosas imposibles sobre números y estructuras. Ella le hablaba de cuadros, de historias escondidas en los detalles, de artistas que pintaban lo que no podían decir.

—Nunca había pensado que un cuadro pudiera doler —dijo Daniel una tarde.

—Es que algunos están hechos justo para eso —respondió Leire.

Y sin darse cuenta, empezaron a mirarse como si también ellos fueran algo que merecía ser descifrado.

Llegó el invierno. Luego los exámenes. El estrés, las noches sin dormir, los cafés compartidos.

Una noche, la biblioteca estaba casi vacía. Afuera llovía.

—Estoy cansado —dijo Daniel, dejando caer la cabeza sobre los apuntes.

Leire lo miró en silencio.

—Ven —le dijo al cabo de un momento.

Salieron bajo la lluvia, sin paraguas. Caminaron sin rumbo por el campus desierto, riéndose por nada, empapándose sin importarles.

En un momento, Leire se detuvo.

—¿Sabes qué? —dijo—. Creo que hay cosas que no se pueden subrayar.

Daniel la miró, con el agua resbalando por su frente.

—¿Como qué?

Leire dudó. Pero esta vez no apartó la mirada.

—Como esto.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue claro. Inevitable.

Daniel dio un paso hacia ella, muy despacio, como si temiera romper algo invisible. Y la besó.

No fue un beso perfecto. Fue torpe, inesperado, lleno de nervios… pero también de verdad. De esa que no se estudia ni se explica.

Cuando se separaron, Leire sonrió.

—Esto tampoco quiero olvidarlo.

Daniel negó con la cabeza, medio riendo.

—No creo que puedas.

Y así, sin promesas grandilocuentes ni certezas absolutas, empezó su historia.

No en un gran momento, sino en muchos pequeños: en mesas compartidas, en silencios cómodos, en miradas que decían más de lo que las palabras podían.

Porque a veces, el amor no llega como un relámpago.

A veces llega como una página subrayada… que decides no pasar nunca. 

miércoles, 21 de agosto de 2024

El Grimoire de las Sombras.


 

Era una noche de invierno en Salamanca, cuando las luces de la ciudad apenas lograban perforar la espesa niebla que cubría las calles adoquinadas. La Plaza Mayor, normalmente vibrante y llena de vida, estaba desierta, salvo por la figura solitaria de un hombre que caminaba despacio, con el sombrero bien calado y una capa negra que lo envolvía por completo.

El hombre, don Esteban, era un erudito conocido en la ciudad. Había dedicado su vida al estudio de los textos antiguos, y su nombre era mencionado con respeto y temor en los círculos académicos de la Universidad de Salamanca. Sin embargo, esa noche su paso era diferente, más pesado, como si cargara con un secreto que lo atormentaba.

Don Esteban se dirigía hacia el antiguo convento de San Esteban, un lugar que, aunque en desuso, conservaba una biblioteca a la que pocos tenían acceso. Según viejas leyendas, allí se guardaban libros prohibidos, textos que hablaban de saberes arcanos y conocimientos que bordeaban lo inefable.

Al llegar al convento, don Esteban empujó la pesada puerta de madera, que se abrió con un chirrido que resonó en la oscuridad. El interior estaba apenas iluminado por la luz trémula de unas velas, suficientes para revelar los estantes repletos de volúmenes polvorientos. Sin embargo, él no buscaba un libro cualquiera. Tenía en mente uno en particular, uno que había oído mencionar en sus investigaciones: El Grimoire de las Sombras.

Con manos temblorosas, recorrió los estantes hasta que sus dedos tocaron una encuadernación de cuero antiguo, con símbolos grabados que parecían moverse bajo la luz. Era el libro que buscaba. Sin dudarlo, lo abrió y comenzó a leer en voz baja, pronunciando palabras en un idioma olvidado, con un tono que se mezclaba con el susurro del viento que se filtraba por las ventanas rotas.

De repente, la habitación pareció llenarse de una presencia inquietante. Las sombras en las paredes comenzaron a tomar forma, moviéndose como si tuvieran vida propia. Don Esteban, absorto en su lectura, no notó cómo el aire se volvía cada vez más pesado, cómo una sensación de frío extremo lo envolvía. Pero cuando levantó la vista, vio que las sombras ya no eran meras figuras sin forma; se habían convertido en entidades con ojos que brillaban con malicia.

El erudito intentó retroceder, pero algo lo retenía en su lugar. Las sombras se acercaban, y en sus ojos veía reflejado su propio miedo. Comprendió entonces que había desatado algo que no podía controlar, que el conocimiento que buscaba había venido con un precio demasiado alto.

Con un último esfuerzo, don Esteban lanzó el libro al suelo y pronunció una plegaria desesperada, pero era demasiado tarde. Las sombras lo rodearon, y la última vela se extinguió, dejando al convento sumido en una oscuridad total.

A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos del sol entraron tímidamente por las ventanas del convento, encontraron el lugar vacío. No había rastro de don Esteban, ni del libro que había buscado con tanta desesperación. Solo un extraño silencio, como si el lugar guardara un secreto que nadie debería intentar desvelar.

Desde aquel día, en Salamanca se cuenta que, en las noches más frías, si caminas cerca del convento de San Esteban, puedes escuchar un susurro en el viento, como si alguien estuviera leyendo en voz baja desde las sombras. Y si eres lo suficientemente valiente, quizá veas una figura solitaria, vestida con una capa negra, que desaparece en la niebla antes de que puedas acercarte.