En la vieja biblioteca de la universidad, donde el polvo parecía haberse instalado con vocación de permanencia, se cruzaron por primera vez.
Leire estaba sentada junto a la ventana, rodeada de libros abiertos como si fueran alas. Estudiaba Historia del Arte y tenía la costumbre de subrayar frases que le hacían sentir algo, aunque no supiera explicar el qué. Aquella tarde, la luz de otoño se filtraba dorada sobre las páginas, y ella parecía formar parte del cuadro.
Daniel llegó tarde, como casi siempre. Ingeniería. Prisa. Café frío en la mano. Buscaba un sitio cualquiera donde sentarse, pero no quedaba ninguno… excepto el de enfrente de Leire.
—¿Está libre? —preguntó, señalando la silla.
Leire levantó la vista. Dudó un segundo, como si la pregunta fuera más importante de lo que parecía.
—Sí —respondió al fin.
Daniel se sentó. Al principio no hubo nada especial. Solo el sonido de hojas pasando, teclas suaves y algún suspiro. Pero, a veces, lo importante no empieza con ruido, sino con una coincidencia silenciosa.
Pasó una hora. Luego otra.
En un momento, Leire dejó caer su lápiz. Rodó hasta los pies de Daniel.
—Perdona —dijo ella.
Él lo recogió y, al devolvérselo, se quedó un instante más de lo necesario.
—¿Siempre subrayas tanto? —preguntó, curioso.
Leire sonrió ligeramente.
—Solo lo que no quiero olvidar.
—¿Y funciona?
Ella lo miró, esta vez con más atención.
—A veces.
Desde ese día, empezaron a coincidir. Primero por casualidad. Luego, no tanto.
Daniel comenzó a llegar antes. Leire empezó a ocupar siempre la misma mesa.
Hablaban poco, pero cada conversación se quedaba dando vueltas en la cabeza durante horas. Él le explicaba cosas imposibles sobre números y estructuras. Ella le hablaba de cuadros, de historias escondidas en los detalles, de artistas que pintaban lo que no podían decir.
—Nunca había pensado que un cuadro pudiera doler —dijo Daniel una tarde.
—Es que algunos están hechos justo para eso —respondió Leire.
Y sin darse cuenta, empezaron a mirarse como si también ellos fueran algo que merecía ser descifrado.
Llegó el invierno. Luego los exámenes. El estrés, las noches sin dormir, los cafés compartidos.
Una noche, la biblioteca estaba casi vacía. Afuera llovía.
—Estoy cansado —dijo Daniel, dejando caer la cabeza sobre los apuntes.
Leire lo miró en silencio.
—Ven —le dijo al cabo de un momento.
Salieron bajo la lluvia, sin paraguas. Caminaron sin rumbo por el campus desierto, riéndose por nada, empapándose sin importarles.
En un momento, Leire se detuvo.
—¿Sabes qué? —dijo—. Creo que hay cosas que no se pueden subrayar.
Daniel la miró, con el agua resbalando por su frente.
—¿Como qué?
Leire dudó. Pero esta vez no apartó la mirada.
—Como esto.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue claro. Inevitable.
Daniel dio un paso hacia ella, muy despacio, como si temiera romper algo invisible. Y la besó.
No fue un beso perfecto. Fue torpe, inesperado, lleno de nervios… pero también de verdad. De esa que no se estudia ni se explica.
Cuando se separaron, Leire sonrió.
—Esto tampoco quiero olvidarlo.
Daniel negó con la cabeza, medio riendo.
—No creo que puedas.
Y así, sin promesas grandilocuentes ni certezas absolutas, empezó su historia.
No en un gran momento, sino en muchos pequeños: en mesas compartidas, en silencios cómodos, en miradas que decían más de lo que las palabras podían.
Porque a veces, el amor no llega como un relámpago.
A veces llega como una página subrayada… que decides no pasar nunca.

