En lo alto de la colina, donde el viento parecía cantar canciones propias, se alzaba una casa tan grande que desde lejos podía confundirse con un hotel. Tenía un jardín inmenso, habitaciones que nunca se usaban, una piscina climatizada que siempre estaba lista y juguetes suficientes como para llenar un almacén entero.
Allí vivía Daniel, un niño de diez años que podía tenerlo todo… menos aquello que más deseaba.
Cada mañana se despertaba con el aroma del desayuno perfecto, preparado por la cocinera, y con la suavidad de las sábanas carísimas que su madre había elegido por catálogo, desde un hotel en alguna ciudad que ni él recordaba.
Pero la cama de al lado, la de sus padres, llevaba meses sin arrugarse.
Sus padres trabajaban sin descanso. Viajaban por negocios, abrían nuevas oficinas, daban conferencias, firmaban contratos a horas en las que Daniel ya dormía. Para ellos el tiempo era dinero, y el dinero… parecía serlo todo.
—Volveremos pronto —decía su madre en videollamadas cortas, siempre mirando de reojo algún documento.
—Portaos bien —añadía su padre, mientras un asistente le susurraba fechas y números.
“Portaos”, pensó Daniel más de una vez. Como si en aquella casa viviera alguien más.
Aquella tarde, como tantas otras, Daniel salió al enorme jardín con un balón nuevo que le habían enviado sus padres “para que no se aburra”. Lo botó un par de veces. Rebotó perfecto. Pero el eco del balón sobre la piedra le sonó frío, vacío.
Se sentó bajo el viejo árbol donde solía esperarles cuando era más pequeño. Recordó cómo su madre lo balanceaba en las piernas, cómo su padre lo levantaba como si fuera un avión.
Recordó… y le dolió recordar.
Sacó su tablet. Tenía acceso a miles de juegos, películas, libros digitales; podía ver el mundo sin salir de su habitación. Pero lo apagó.
Nada de eso le hablaba.
Nada le miraba a los ojos.
Cuando el sol empezó a esconderse, la casa grande encendió sus luces automáticas. Una a una, como si despertaran sin vida propia. Daniel las miró desde el jardín y sintió que brillaban para nadie.
Aquel día, sin saber por qué, hizo algo nuevo.
Fue a la puerta principal, abrió la cerradura —que conocía de memoria— y salió a la calle.
Caminó hasta la casa modesta que había al final del camino.
Allí vivía Clara, una niña de su clase, que a veces llegaba con las rodillas sucias de jugar en el parque y con un bocadillo envuelto en papel de aluminio. A Daniel le gustaba su risa: sonaba a algo real.
Clara abrió la puerta sorprendida.
—¿Daniel? ¿Vienes a jugar?
Él no supo qué decir. Solo asintió.
Jugaron a la pelota, hablaron de tonterías, rieron sin darse cuenta. Los padres de Clara lo invitaron a cenar sin hacer preguntas. Se sentaron todos juntos alrededor de una mesa pequeña, llena de ruido y conversaciones atravesadas.
Daniel no recordaba cuándo había sido la última vez que había cenado acompañado.
Cuando volvió a su casa, ya de noche, todo estaba silencioso. Más grande que nunca.
Entró despacio, como si no quisiera despertar aquella soledad dormida. En su habitación encontró una nota que la asistente había dejado encima de la cama:
“Tus padres te llaman mañana. Están muy ocupados.”
Daniel la dobló y la guardó en un cajón. No lloró. Solo suspiró.
Y entonces, entendió algo que nunca le habían explicado:
El dinero puede comprar casas inmensas, juguetes brillantes, viajes y regalos…
pero no puede comprar el tiempo, ni el cariño, ni la presencia de quienes más quieres.
Y sin eso, todo lo demás se siente vacío.
Esa noche, antes de dormir, Daniel pensó que quizá no tenía todo lo que quería.
Pero sí sabía lo que necesitaba.
Y, por primera vez, se prometió que algún día se lo pediría a sus padres, aunque para ellos el tiempo valiera oro.
Porque para él, valían más que cualquier fortuna.


















