domingo, 30 de diciembre de 2012

Cuento de Nochevieja



Hace muchos años, cuando creía estar encerrada en una situación de la que no saldría, me contaron el cuentecillo que yo les dedico ahora, para que terminen el año y empiecen el que viene:

Vivía en Pomerania un campesino joven y pobre. Estaba enamorado de una chica rica de la ciudad, pero dudaba de que le aceptara y además era tímido, así que no hacía nada.
Cierto día se le apareció un elohim que andaba perdido entre el cielo y la tierra. El campesino le contó sus preocupaciones y el elohim le dijo: "Tengo la manera de que conozcas el futuro". El joven preguntó: "¿Puedo saber si la mujer que amo se casará conmigo?".

El elohim le explicó entonces: "En todo lo que quieras conocer con antelación dejarás de vivir el camino hasta ello. En el momento en que lo conozcas ya estarás allí y todo lo anterior habrá pasado. ¿No te importa esta condición?". El campesino respondió que estaba de acuerdo con ella.

El espíritu le mostró un ovillo de lana. "Éste es el sendero de tu existencia", dijo a continuación. "Sólo tienes que tirar del hilo para llegar hasta donde quieres y saber lo que pasará. Pero recuerda: lo anterior ya lo habrás vivido".

El campesino tiró del hilo y vio que se casaría con la joven rica de la ciudad. Nada más verlo, ya estaba casado con ella. Quiso saber si tendrían hijos y en cuanto lo hubo averiguado ya estaba viviendo con un hijo tan hermoso como los mismísimos elohim. Pero el hijo se puso muy enfermo.

Quiso saber si viviría. Volvió a tirar del hilo y vio que el hijo sanaría, se casaría y tendría hijos que le harían abuelo. Se sintió muy feliz. Pero entonces su mujer murió.

Apenas había tenido tiempo de conocerla. Quiso saber si volvería a casarse. Tiró del hilo y descubrió que se casaría con una mujer que le haría infeliz: al momento ya estaba casado con ella. Luego, trató de averiguar si algún día volvería a vivir en paz. Pero eso le llevó hasta la vejez y al ovillo apenas le quedaban unas pulgadas. Toda su vida había pasado en un instante.

Al campesino aún le quedaban preguntas importantes como, por ejemplo, si existe algo después de la muerte. Pero también quedaba poco hilo. Debería elegir entre seguir preguntando o vivir el escaso tiempo que le restaba.

No era una elección fácil. Mejor dicho, no lo es: han pasado los años y los siglos y el campesino aún no ha terminado de decidirse. Tal vez continúe así por toda la eternidad.

De todas formas, dime: ¿Tú qué harías?




domingo, 23 de diciembre de 2012

Regalo de Aniversario




El día 5 de enero de 1995 era el aniversario de la boda de Miren pero su esposo había fallecido el mes de febrero del año anterior y ella sentía la tristeza y recordaba el hermoso ramo de rosas rojas que él todos los años la enviaba con una nota que decía : Cada año que pasa te amo más.
Este año las rosas no llegarán pensó y lanzando un suspiro de tristeza encendió una vela blanca en recuerdo de su esposo Fernando.
Siguió haciendo cosas por la casa para tratar de evitar pensamientos tristes, cuando sonó el timbre de la puerta, cual no sería su asombro cuando delante de ella estaba el chico de la floristería con un gran ramo de rosas rojas como todos los años.
Lo recogió emocionada y pensó que alguno de sus hijos se lo había enviado para seguir con la tradición  de su padre,las colocó en un búcaro de cristal y abrió el sobre nerviosa por saber que contenía.
Dentro había una nota que decía: Te amo y siempre te amaré, las rosas te llegaran todos los años hasta que tu te reencuentres conmigo para estar juntos para siempre , y a partir de ese día te las llevaran  al lugar donde tu estés. 
Recuerda que debes ser feliz y vivir intensamente .
Mi amor te acompañará eternamente. 
Fernando.


jueves, 20 de diciembre de 2012

UN CUENTO DE NAVIDAD





El sentimiento festivo y la alegría de reunirse con la familia traen a mi memoria una historia que me encanta relatar cada año.Es una historia real, aunque parezca increíble. Y da testimonio de que los milagros pueden ocurrir.

Hace mucho tiempo, un grupo de jóvenes decidió compartir algo de la alegría de la Navidad. Se habían enterado de la existencia de varios niños que pasarían el día de fiesta en el hospital comunitario más cercano. De manera que uno de ellos se disfrazó de Papá Noel, luego compraron varios regalos, los envolvieron y, junto a sus guitarras y sus dulces voces, se presentaron  por sorpresa en el hospital en la Nochebuena.

Los niños festejaron alborozados la visita de Papá Noel; cuando el grupo de amigos terminó de distribuir los regalos y de cantar sus villancicos, todos los ojos estaban anegados en lágrimas. De ahí que  los jóvenes decidieron que representarían el papel de Papá Noel cada año.

En la Nochebuena siguiente, incluyeron en su visita a las mujeres internadas en el hospital, y al tercer año la invitación se extendió a algunos niños pobres del vecindario.

En la cuarta Nochebuena, sin embargo, después de realizar la ronda ya habitual, Papá Noel revisó su saco y descubrió que le habían sobrado algunos juguetes. De modo que los amigos se reunieron para deliberar y decidir qué harían con ellos. Alguien mencionó la existencia de un mísero caserío precariamente instalado en las inmediaciones, donde vivían algunas familias terriblemente pobres.

Por lo tanto, el grupo decidió dirigirse allí, pensando que el número de familias llegaría a tres como máximo. Pero cuando treparon la cuesta de la colina, y se encontraron en medio de la desolada extensión –ya era cerca de medianoche–, el consternado grupo pudo ver a gran cantidad de personas alineadas a ambos lados de la calle.

Se trataba de niños; más de treinta niños expectantes. Detrás de ellos no se veían chozas, sino filas y filas de destartaladas instalaciones precarias. Cuando detuvieron el coche en el que iban, los niños se acercaron corriendo, chillando de júbilo. Era evidente que habían estado toda la noche esperando pacientemente la llegada de Papá Noel. Alguien –nadie pudo recordar quién–, les había dicho que él llegaría, aunque nuestro Papá Noel había decidido hacerlo sólo algunos minutos antes.

Todo el mundo quedó desconcertado, excepto el propio Papá Noel. El estaba sencillamente dominado por el pánico. Sabía que no tenía juguetes suficientes para tantos niños. Finalmente, sin querer decepcionarlos, decidió entregar los pocos juguetes que tenía a los mas pequeños. Cuando se terminaran, explicaría lo ocurrido a los más grandes.

De manera que enseguida se encontró subido  sobre el capó del coche, con treinta niños deslumbrantes, aseados y ataviados con sus mejores galas, alineados de menor a mayor, aguardando su turno. A medida que cada niño ansioso se aproximaba, Papá Noel revolvía dentro de su saco con el corazón cargado de temor, anhelando encontrar por lo menos un juguete más para entregar. Y, por algún milagro, encontró uno cada vez que metió la mano en el saco. Finalmente, cada niño recibió su juguete. Papá Noel miró en el interior de su saco, ahora desinflado. Estaba vacío, tan vacío como debería haber estado veinticuatro niños antes.

Lleno de alivio, soltó un jovial "¡Jo, jo!" y se despidió de los niños. Pero cuando estaba a punto de montar en el coche (aparentemente, los renos tenían el día libre), oyó que uno de los niños exclamaba:

–¡Papá Noel, Papá Noel, espera!

Detrás de los matorrales, aparecieron dos niños pequeños, un niño y una niña. Habían estado durmiendo.

El corazón de Papá Noel dio un vuelco. Esta vez estaba seguro de no tener más juguetes. El saco estaba vacío. Pero cuando los niños se acercaron sin aliento, él reunió coraje y volvió a meter la mano en el saco. Y, abracadabra, en él había más regalos.

El grupo de amigos, que actualmente ya son adultos, todavía comentan el milagro de esa mañana de Navidad. Siguen sin encontrarle explicación; sólo pueden decir que aquello realmente sucedió. ¿Que cómo sé de la historia? Bueno; yo era el Papá Noel.

jueves, 13 de diciembre de 2012

La capitana





Aquellos que consideran a la mujer un ser débil y vinculan en el sexo masculino el valor y las dotes de mando, debieran haber conocido a la célebre Pepona, y saber de ella, no lo que consta en los polvorientos legajos de la escribanía de actuaciones, sino la realidad palpitante y viva.

Manceba, encubridora y espía de ladrones; esperándolos al acecho para avisarlos, o a domicilio para esconderlos; ayudándolos y hasta acompañándolos, se ha visto a la mujer; pero la Pepona no ejercía ninguno de estos oficios subalternos; era, reconocidamente, capitana de numerosa y bien organizada gavilla.

Jamás conseguí averiguar cuáles fueron los primeros pasos de Pepona: cómo debutó en la carrera hacia la cual sentía genial vocación. Cuando la conocí, ya eran teatro de sus proezas las ferias y los caminos de dos provincias. No quisiera que os representaseis a Pepona de una manera falsa y romántica, con el terciado calañés y el trabuco de Carmen, ni siquiera con una navaja escondida entre la camisa y el ajustador de caña que usaban por entonces las aldeanas de mi tierra. Consta, al contrario, que aquella varona no gastó en su vida más arma que la vara de aguijón que le servía para picar a los bueyes y al peludo rocín en que cabalgaba. Éranle antipáticos a Pepona los medios violentos, y al derramamiento de sangre le tenía verdadera repugnancia. ¿De qué se trataba? ¿De robar? Pues a hacerlo en grande, pero sin escándalo ni daño. No provenía este sistema de blandura de corazón, sino de cálculo habilísimo para evitar un mal negocio que parase en la horca.

La táctica de Pepona era como sigue: Montada en su cuartago, iba a la feria, provista de banasta para las adquisiciones, como una honrada casera del conde de Borrajeiros o del marqués de Ulloa. En la feria aguardábanla ya los de su gavilla, bajo igual disfraz de labriegos pacíficos. Mientras feriaba una rueca, un candil o una libra de cerro, Pepona observaba atentamente a los tratantes; y sus espías, en la taberna, avizoraban los tratos cerrados por un vaso de lo añejo. Sabedores de adónde se dirigía el que acababa de vender la pareja de bueyes y regresaba con las onzas de oro ocultas en el cinto, se adelantaban a esperarle en sitio favorable y solitario. Los ladrones solían tiznarse o enmascararse con un paño negro. Pepona no intervenía; asistía emboscada tras un grupo de árboles. Si aparecía era para impedir que maltratasen o matasen al robado y para dejarle el consuelo, pequeña cantidad que algunos salteadores conceden a los despojados para que beban en el camino.

La justicia era favorable a Pepona, que llevaba cordiales relaciones con oidores, fiscales y procuradores, y con la aristocracia rural. Jamás intentó aquella sagaz diplomática un golpe contra los castillos y pazos; al revés de los bandidos andaluces -¡profunda diferencia de las razas!-, Pepona sólo robaba a los pobres trajinantes, arrieros o labriegos que llevaban al señor su canon de renta.

¡Ah! Era mejor tener a Pepona amiga que enemiga, y bien lo sabía la única clase social algo elevada, a la cual profesaba la capitana odio jurado. Verdad que esta clase siempre ha sufrido persecución de ladrones, al menos en Galicia. Me refiero a los curas. Se les creía, y se les cree aún, partidarios de esconder en el jergón los ahorros, y se pierde la cuenta de las tostaduras de pies y rociones de aceite hirviendo que les han aplicado los bandidos. Sin embargo, en Pepona se advertía algo especial: una saña de explicación difícil, y acerca de cuyo origen se fantaseaban mil historias.

Lo cierto es que Pepona, tan clemente, era con los curas encarnizadamente cruel, y acaso ellos fueron los que añadieron a su nombre el alias de la Loba.

Reinaba, pues, el terror entre la gente tonsurada, que sólo bien provista de armas y con escolta se atrevía a asomar en romerías y ferias, cuando acertó a tomar posesión del curato de Treselle un jovencillo boquirrubio, amable y sociable, eficazmente recomendado por el arzobispo a los señores de diez leguas en contorno. Al enterarse, por conversaciones de sacristía, del peligro que los de su profesión corrían con Pepona, el curita sonrió y dijo suavemente, con cierta ironía delicada:

-¿A qué ponderan? ¿A qué tienen miedo a una mujer? ¡Miedo a una mujer los hombres!

¡Oídos que oyeron tal! Sus compañeros se le echaron encima como jauría furiosa. ¿A ver si se atrevía él con la Loba, ya que era tan guapo y tan sereno? ¿A ver si le mandaban a soltar andaluzadas a otra parte? ¡Que se enzarzase con la gavilla y su capitana, y ya le freirían el cuerpo! ¿Pensaba que los demás eran algunas madamitas, o qué?

-Con la gavilla no me atrevo -dijo el muchacho cuando se calmó el alboroto-, por aquello de que dos moros pueden más que un cristiano; pero lo que es con la señora Loba..., caramba, de hombre a hombre...

Desde aquel día, el joven abad de Treselle pasó por jactancioso y botarate, y se le dieron bromas pesadas, que en la feria del 15 de agosto tomaron ya carácter agresivo. Era a los postres de una comida en la posada de la Micaela, en Cebre, donde se sirve excelente vino viejo y un cocido monumental de chorizo, jamón y oreja; los curas habían resuelto dormir allí, y no volver a sus casas hasta el día siguiente, escoltados, porque en la feria rondaba Pepona. Y el abad de Treselle, sofocado, exclamó al ensopar el último bizcocho en la última copa de Tostado dulce:

-Pues para que ustedes vean... No soy ningún valentón, pero soy capaz ahora mismo de largarme solito a la rectoral. ¡Eh! ¡Micaela! ¡Que arreen mi caballería!

Minutos después, la yegüecita castaña del abad, viva y redonda de ancas, esperaba a la puerta del mesón. Despidiéndose de los asustados comensales, el cura montó y desapareció al trote. ¡Madre del Corpiño! ¡En la que se metía! ¡Cosas de muchachos! Ya vería, ya...

Algunos párrocos, avergonzados, repitieron:

-Convenía acompañarle...

Pero nadie se decidió a realizarlo. ¡Allá él, ya que era tan fanfarrón!

Caía el sol, y el cura, al transponer las últimas casas de Cebre, sintió que el corazón se le apretaba, y refrenó la yegua, mirando receloso alrededor. Sus mejillas, antes encendidas por la disputa, estaban ahora pálidas. El alma se le achicaba. «Hice mal, pero no es cosa de volverse. Tengo miedo -pensó-. A serenarse». Tocó con el arzón las pistoleras; llevaba dos pistolas inglesas magníficas, regalo del marqués de Ulloa. En el pecho sintió el bulto de un cuchillo de picar tabaco. Entonces se rehizo e inspeccionó el terreno. La carretera se hallaba desierta; en los altos pinos el viento gemía fúnebres estrofas.

El abad aguijó a su montura. Al recodo del camino, donde tuerce y lo dominan calvos peñascos, surgió una figura membruda y alta. La yegua se detuvo, empinando las orejas. Era una mujerona, apoyada en una vara de aguijón... Parecía pedir limosna, pues tendía la mano izquierda; pero el curita, que había sido estudiante, vio que lo que hacía la supuesta mendiga era una seña indecorosa. Adquirió energía, prestada por la indignación.

Rápidamente sacó del arzón una pistola y la amartilló. La mujer pegó un salto, y en su atezado rostro, que alumbraban los últimos reflejos del Poniente, se pintó una especie de terror animal, el espanto del lobo cogido en la trampa. No podía el curita adivinar la causa de este fenómeno, en la capitana extraño. Convencida de que no existía cura ni trajinero que se atreviese a salir solo de Cebre a tales horas, había licenciado hasta la mañana siguiente a su gavilla y se retiraba; al ver un barbilindo de curita que se aventuraba en el camino, había querido jugarle una pasada; pero el ruido del gatillo la hacía temblar y le aconsejaba como único recurso la fuga. Dio un salto de costado hacia el pinar, y el joven abad, picando a su viva yegua, se le fue encima, la alcanzó y la atropelló. Saltó él de su montura, empuñada la pistola; pero la Loba, sin darle tiempo a nada, desde el mismo suelo en que yacía, se le abrazó a las piernas y logró tumbarle. Arrancole la pistola, que arrojó al seto, y después le echó al cuello las recias y toscas manos, y apretó, apretó, apretó...

El pinar, el cielo, el aire, cambiaron de color para el pobre abad. Primero lo vio todo rojo, luego, grandes círculos cárdenos y violáceos vibraron ante sus ojos, que se salían de las órbitas. No fue él, no fue su razón; fue el puro instinto el que guió su mano derecha en busca del cuchillo oculto en el pecho. Y mientras la Loba reía con torpes carcajadas del espectáculo del cura sacando la lengua, a tientas la mano impulsó el arma. La terrible argolla de las manos de la capitana se abrió y ella cayó hacia atrás con el pecho atravesado...

Carne de perro tienen los bandidos. La Loba curó... Pero su ánimo quedó quebrantado, su prestigio enflaquecido, deshecha su leyenda. ¡Vencida Pepona por una madamita de cura mozo! Y el nuevo capitán general que vino a Montañosa -veterano que gastaba malas pulgas-, tanto persiguió a la gavilla, que los señores abades pudieron volver en paz, ya anochecido, a sus rectorales.

martes, 11 de diciembre de 2012

El Real del Sastre






En un pueblo de Castilla, vivía un hombre que por fas o nefas le debía a todos;  al huevero, al lechero, al molinero..... no había en la villa tendero al que no le debiera dinero.
Entre todos estaba incluido el sastre que era un rácano de primera, y al que le debía un real.
El endeudado viendo la imposibilidad de pagarle a sus paisanos decidió fingirse terriblemente enfermo y meterse en cama.
Los buenos vecinos fueron a visitarlo uno por uno y al ver su gravedad le perdonaban las deudas.
El sastre que no se creía la repentina enfermedad, no solo no le perdonó la deuda sino que le dijo a todos los presentes que quería cobrar su real y no pararía hasta tenerlo en su bolsillo.
El endeudado al escuchar que el sastre no le perdonaba y no le perdonaría el real fingió morir - a los muertos no se les puede cobrar - y haciendo un gran aspaviento fingió que se moría.
Todos lloraron la desgracia y metiendo al falso muerto en un ataúd lo llevaron a la iglesia y allí lo velaron.

Al llegar la noche todos se fueron a sus casas, menos, menos el sastre, que seguía pensando que el falso difunto estaba fingiendo y en cualquier momento saldría del ataúd  y una vez descubierto le cobraría la deuda.
Ambos se quedaron solos en la iglesia, el falso muerto en el ataúd y el sastre escondido en un rincón.
No estuvieron mucho tiempo solos, pues nada mas irse los vecinos del pueblo pasaron por allí unos bandidos que entraron en la iglesia para repartir el botín.
El jefe de los ladrones que tenía los dineros robados en una gran bolsa contó a sus secuaces, uno, dos, tres.... doce en total y haciendo trece montones les dijo:
- He repartido el botín en trece montones, el que sea capaz de clavarle un puñal al difunto se llevará el montón que sobra.
Los doce delincuentes se miraron asustados, clavarle un puñal a un muerto no estaba bien y menos en una iglesia...
El sastre y el falso muerto estaban escuchando todo.
Uno de los ladrones envalentonándose dijo:
- Yo lo haré - y tomando un puñal se dirigió al ataúd.
Entonces el falso muerto muy asustado se levantó del ataúd y poniendo voz de ultratumba gritó:
- Todos los difuntos acudid a mi -.
El sastre escondido en el rincón y temblando como un flan, salió gritando de su escondite:

- Ahhhhhhhhh -.
Los ladrones espantados por el espectáculo salieron corriendo de la iglesia, y cuando por fin se pararon el jefe les dijo:
- Nos hemos dejado el botín, habrá que regresar a por el, los difuntos no necesitan dinero.
Después de aquel susto que habían llevado a ver quien era el valiente que regresaba.
Uno de los ladrones pensándolo bien dijo:
- Iré yo a por el dinero -
Muy asustado poco a poco se acercó a la iglesia.
Mientras tanto el difunto y el sastre una vez repuestos del susto estaban repartiéndose los dineros que habían dejado los ladrones, pero el sastre recordándose de pronto del real que le debía el otro, comenzó a discutir con él.
- Dáme el real que me debes -
- Pero si ya tienes mucho -
- Sabía que estabas fingiendo,  me debes un real -
- Pero mira todo lo que tienes, que mas da un real arriba o abajo -
-  ¡¡¡ Quiero mi real !!!, ¡¡¡ Quiero mi real !!! -
Justo en ese momento llegó el ladrón a la iglesia y escuchando al sastre reclamando su real huyó despavorido hacia donde estaban sus compinches.
- Compañeros huyamos de aquí, los difuntos se están repartiendo el  dinero y son tantos que solo alcanzan a un real cada uno, acabo de escuchar que estaban peleando por el dinero.
Los ladrones se fueron a otra región en donde los difuntos no reclamaran el dinero.
El sastre cobró su real del falso difunto.
Y el endeudado, después de pagarle a todos en el pueblo con el dinero de los ladrones enmendó su vida, se puso a trabajar y nunca mas volvió a pedir prestado.


domingo, 9 de diciembre de 2012

El fondo del alma





El día era radiante. Sobre las márgenes del río flotaba desde el amanecer una bruma sutil, argéntea, pronto bebida por el sol.

Y como el luminar iba picando más de lo justo, los expedicionarios tendieron los manteles bajo unos olmos, en cuyas ramas hicieron toldo con los abrigos de las señoras. Abriéronse las cestas, salieron a luz las provisiones, y se almorzó, ya bastante tarde, con el apetito alegre e indulgente que despiertan el aire libre, el ejercicio y el buen humor. Se hizo gasto del vinillo del país, de sidra achampañada, de licores, servidos con el café que un remero calentaba en la hornilla.

La jira se había arreglado en la tertulia de la registradora, entre exclamaciones de gozo de las señoritas y señoritos que disfrutaban con el juego de la lotería y otras igualmente inocentes inclinaciones del corazón no menos lícitas. Cada parejita de tórtolos vio en el proyecto de la excelente señora el agradable porvenir de un rato de expansión; paseo por el río, encantadores apartes entre las espesuras floridas de Penamoura. El más contento fue Cesáreo, el hijo del mayorazgo de Sanin, perdidamente enamorado de Candelita, la graciosa, la seductora sobrina del arcipreste.

Aquel era un amor, o no los hay en el mundo. No correspondido al principio, Cesáreo hizo mil extremos, al punto de enfermar seriamente: desarreglos nerviosos y gástricos, pérdida total del apetito y sueño, pasión de ánimo con vistas al suicidio. Al fin se ablandó Candelita y las relaciones se establecieron, sobre la base de que el rico mayorazgo dejaba de oponerse y consentía en la boda a plazo corto, cuando Cesáreo se licenciase en Derecho. La muchacha no tenía un céntimo, pero... ¡ya que el muchacho se empeñaba! ¡Y con un empeño tan terco, tan insensato!

-Allá él, señores... -así dijo el mayorazgo a sus tertulianos y tresillistas, otros hidalgos viejos, que sonrieron aprobando, y hasta clamando «enhorabuena», fácilmente benévolos para lo que no les «llegaba el bolsillo»... Al cabo, ellos no habían de dar biberón a lo que naciese de la unión de Cesáreo y Candelita.

-La felicidad del noviazgo la saboreó Cesáreo desatadamente. Loco estaba antes de rabia, y loco estaba ahora de júbilo; las contadas horas que no pasaba al lado de su novia las dedicaba a escribirle cartas o a componer versos de un lirismo exaltado. En el pueblo no se recordaba caso igual: son allí los amoríos plácidos, serenos, con algo de anticipada prosa casera entre las poesías del idilio. Envidiaron a Candelita las niñas casaderas, encubriendo con bromas el despecho de no ser amadas así; y cuando, al preguntarle chanceras qué hubiese sucedido si Candelita no le corresponde, contestaba Cesáreo rotundamente: «me moriría», las muchachas se mordían el labio inferior. ¡Qué tenía la tal Candelita más que las otras, vamos a ver!...

En la jira a Penamoura estuvo hasta imprudente, hasta descortés, el hijo del mayorazgo: de su proceder se murmuraba en los grupos. Todo tiene límite; era demasiada cesta. Aquellos ojos que se comían a Candelita; aquellos oídos pendientes del eco de su voz; aquellos gestos de adoración a cada movimiento suyo... francamente, no se podían aguantar. Mientras la parejita se aislaba, adelantándose castañar arriba, a pretexto de coger moras, el sayo se cortó bien cumplido; sólo el viejo capitán retirado, don Vidal, que dirigía la excursión, opinó con bondad babosa que eran «cosas naturales», y que si él se volviese a sus veinticinco, atrás se dejaría en rendimiento y transporte a Cesáreo...

Habían decidido emprender el regreso a buena hora, porque, en otoño, sin avisar se echa encima la noche; pero ¡estaba tan hermoso el pradito orlado de espadañas! ¡Si casi parecía que acababan de comer! ¡Si no habían tenido tiempo de disfrutar la hermosura del campo! Daba lástima irse... Además, tenían luna para la navegación. Fue oscureciendo insensiblemente, y con la puesta del sol coincidió una niebla, suave y ligera al pronto, como la matinal, pero que no tardó en cerrarse, ya densa y pegajosa, impidiendo ver a dos pasos los objetos. Don Vidal refunfuñó entre dientes:

-Mal pleito para embarcarse. Vararemos.

Y ello es que no había otro recurso sino regresar a la villa...

Al acercarse a la barca los expedicionarios, no parecían ni patrón ni remeros. La registradora empezó a renegar:

-¡Dadles vino a esos zánganos! ¡Bien empleado nos está si nos amanece aquí!

Por fin, al cabo de media hora de gritos y búsqueda, se presentaron sofocados y tartajosos los remerillos. Del patrón no sabían nada. Se convino en que era inútil aguardar al muy borrachín; estaría hecho un cepo en alguna cueva del monte; y el remero más mozo, en voz baja, se lo confesó a don Vidal:

-Tiene para la noche toda. No da a pie ni a pierna.

-¿Sabéis vosotros patronear? -preguntó Cesáreo, algo alarmado.

-Con la ayuda de Dios, saber sabemos -afirmaron humildemente. Se conformaron los expedicionarios, y momentos después la embarcación, a golpe de remo, se deslizaba lentamente por el río. Asía don Vidal la caña del timón y guiaba, obedeciendo las indicaciones de los prácticos.

Hacía frío, un frío sutil, pegajoso. La gente joven empezó a cantar tangos y cuplés de zarzuela. El boticario, para lucir su voz engolada, entonó después el Spirto. Las señoras se arropaban estrechamente en sus chales y manteletas, porque la húmeda niebla calaba los huesos. Cesáreo, extendiendo su ancho impermeable, cobijaba a Candelita, y confundiendo las manos a favor de la oscuridad y del espeso tul gris que los aislaba, los novios iban en perfecto embeleso.

-Nadie ha querido como yo en el mundo -susurraba el hijo del mayorazgo al oído de su amada.

-Esto no es cariño, es delirio, es enfermedad. ¡Soy tan feliz! ¡Ojalá no lleguemos nunca!

-¡Ciar, ciar, pateta! -gritó, despertándole de su éxtasis, la voz vinosa de un remero-. ¡Que vamos cara a las peñas! ¡Ciar!

Don Vidal quiso obedecer... Ya no era tiempo. La barca trepidó, crujió pavorosamente; cuantos en ella estaban, fueron lanzados unos contra otros. La frente de Cesáreo chocó con la de Candelita. En el mismo instante empezó a sepultarse la barca. El agua entraba a borbollones y a torrentes por el roto y desfondado suelo. Ayes agónicos, deprecaciones a santos y vírgenes, se perdían entre el resuello del abismo que traga su presa. Era el río allí hondo y traidor, de impetuosa corriente. Ningún expedicionario sabía nadar, y se colaban apelotados en los abrigos y chales que los protegían contra la penetrante niebla, yéndose a pique rectos como pedruscos.

Aturdido por el primer sorbo helado, Cesáreo se rehízo, braceó instintivamente, salió a la superficie, se desembarazó a duras penas del impermeable y exclamó con suprema angustia:

-¡Candela! ¡Candelita!

Del abismo negro del agua vio confusamente surgir una cara desencajada de horror, unos brazos rígidos que se agarraron a su cuello.

-¡No tengas miedo, hermosa! ¡Te salvo!

Y empezó a nadar con torpeza, a la desesperada. Sentía la corriente, rápida y furiosa, que le arrastraba, que podía más.

-Suelta... No te agarres... Échame sólo un brazo al cuello... Que nos vamos a fondo...

La respuesta fue la del miedo ciego, el movimiento del animal que se ahoga: Candelita apretó doble los brazos, paralizando todo esfuerzo, y por la mente de Cesáreo cruzó la idea: «Moriremos juntos».

El peso de su amada le hundía, efectivamente; el abrazo era mortal. Se dejó ir; el agua le envolvió. Su espinilla tropezó con una piedra picuda, cubierta de finas algas fluviales. El dolor del choque determinó una reacción del instinto; ciegamente, sin saber cómo, rechazó aquel cuerpo adherido al suyo, desanudó los brazos inertes; de una patada enérgica volvió a salir a flote, y en pocas brazadas y pernadas de sobrehumana energía arribó a la orilla fangosa, donde se afianzó, agarrándose a las ramas espesas de los salces. Miró alrededor: no comprendía. Chilló, desvariando:

-¡Candelita! ¡Candela!

La sobrina del arcipreste no podía responder: iba río abajo, hacia el gran mar del olvido.

 

Emilia Pardo Bazán

martes, 4 de diciembre de 2012

La caldera y la berza





Un hidalgo recién llegado de América contaba un día a varios de sus vecinos las cosas que había visto en aquella parte del mundo. Hablaba así:
- Una vez vi una berza tan grande que daba sombra a trescientos hombres a caballo.
A lo que contestó uno de los vecinos:
- No me parece tan grande, porque yo no hace mucho vi en un lugar de Vizcaya fabricar una caldera entre doscientos hombres y había tanta distancia de uno a otro que los martillazos que daba uno no los oía el de al lado.
Se maravilló mucho el hidalgo y preguntó:
- ¿Y para qué querían esa caldera?
- ¡Para cocer la berza que acabáis de decir!


jueves, 29 de noviembre de 2012

Los pasteles y la muela (Cuento popular)





Un labrador tenía muchas ganas de ver al Rey porque pensaba que el Rey sería mucho más que un hombre. Así que le pidió a su amo su sueldo y se despidió.

 Durante el largo camino hasta la Corte se le acabó todo el dinero y cuando vio al Rey y comprobó que era un hombre como él, pensó: «Por ver un simple hombre he gastado todo mi dinero y sólo me queda medio real»

Del enfado le empezó a doler una muela y con el dolor y el hambre que tenía no sabía qué hacer, porque pensaba:

«Si me saco la muela y pago con este medio real, quedaré muerto de hambre. Si me compro algo de comer con el medio real, me dolerá la muela»

Estaba pensando lo que iba a hacer cuando, sin darse cuenta, se fue arrimando al escaparate de una pastelería donde los ojos se le iban detrás de los pasteles.

Vinieron a pasar por allí dos lacayos que le vieron tan embobado contemplando los pasteles que para burlarse de él le preguntaron:
- Villano, ¿cuántos pasteles te comerías de una vez?
Respondió:
- Tengo tanta hambre que me comería quinientos.
Ellos dijeron:
- ¡Quinientos! ¡Eso no es posible!
Replicó:
- ¿Os parecen muchos?, podéis apostar a que soy capaz de comerme mil pasteles.
Dijeron:
- ¿Qué apostarás?
- Que si no me los comiere me saquéis esta primera muela, dijo señalando la muela que le dolía.
Estuvieron de acuerdo, así que el villano empezó a comer pasteles hasta que se hartó, entonces paró y dijo:
- He perdido, señores.

Los otros, muy regocijados y bromeando, llamaron a un barbero que le sacó la muela. Para burlarse de él decían:
- ¿Habéis visto este necio villano que por hartarse de pasteles se deja sacar una muela?
Respondió él:
- Mayor necedad es la vuestra, que me habéis matado el hambre y sacado una muela que me estaba doliendo.
Al oír esto todos los presentes comenzaron a reír. Los lacayos humillados pagaron y se fueron.


martes, 27 de noviembre de 2012

Olvido , Soledad y Amor





Amanece en el lindo pueblecito costero, Aisaya se levanta y empieza a preparar sus maletas esa tarde cogerá un vuelo para alejarse , no sabe si para siempre o temporalmente de allí.
Hacía pocos días era una chica feliz y enamorada  que esperaba el día de su boda con ilusión, pero el destino tenía trazado otra cosa para ella y ante el altar su novio le dijo que no podía casarse  que la quería pero no la amaba y que estaba enamorado de otra persona.
Aisaya sintió que su corazón se partía en mil pedazos y sentía una vergüenza  que no podía contener  al sentirse abandonada delante de todos sus invitados.
Dejó su trabajo y compró un billete de avión para el otro lado del mundo.
A las seis de la tarde pasaba el tren que la llevaría a la capital para  volar hasta  la polinesia donde un familiar vivía y la esperaba para darle el cariño y la ayuda que necesitaba.
De madrugada se escuchó la llamada de embarque y pensó que era el principio de una nueva vida.
Ya dentro del avión se sentó y cerro los ojos , a los pocos minutos escuchó una voz de mujer que le decía me deja pasar por favor, era una mujer joven como ella con un bebé de apenas tres meses, ella se levantó y cuando su compañera de viaje se sentó cerró los ojos y pensó , en unos meses yo hubiera podido tener un hijo .
Unas lágrimas cayeron por sus mejillas y secándolas rápidamente intentó dormir un poco.
Pasadas unas tres horas de vuelo se despertó sobresaltada ante las instrucciones de ponerse el cinturón pues tenían una enorme tormenta, y  grandes turbulencias.
Los pasajeros estaban nerviosos pues grandes relámpagos caían que iluminaban la noche, uno de ellos cayó sobre uno de los motores incendiándolo , ya se encendieron las luces de emergencia  y las azafatas trataban de tranquilizar a los pasajeros , pero el avión empezó a caer sin que el comandante pudiera controlarlo.
Volaban sobre el mar  y aquello tenía visos de una gran catástrofe , en pocos segundos se sintió un gran estruendo y Aisaya por el golpe perdió el conocimiento,cuando despertó sobre la arena de una playa con aquel bebé apretado a su regazo pensó que estaba muerta , pero algo la observaba  y asustada se sentó, parecía un perro que intentaba lamer al bebé.
Miró a su alrededor y no divisó casas ni personas, y después de unos minutos para sentirse con fuerzas comprobó que el niño no estaba muerto, apoyó su oído sobre el pecho y comprobó que latía, soltó un suspiro y exclamó , gracias Dios mío el es un ser tan indefenso que no merecía morir.
Se levantó y miró a ese perro tan raro y empezó a caminar buscando alguna persona que la ayudara.
El animal la siguió pero según iba caminando comprobaba que no había nadie por allí cerca, siguió caminando y se adentro por un camino , entonces el niño empezó a llorar y ella entendió que tenía hambre.
No sabía que podía darle pues era tan chiquitín y allí no se veía nada que darle, siguió buscando y aquel perro tan raro se puso delante y ella lo siguió , creyendo que la llevaría hasta el próximo pueblo, pero  no había ningún pueblo , el animal la llevó hasta donde el se guarecía una pequeña gruta formada por una gran piedra que sobresalía de la montaña.
El animal tenía allí un montón de hierba seca donde tumbarse y allí colocó al bebé quitándole la ropa mojada y colgándola sobre unas ramas para secarla.
Mientras se secaba la ropa de los dos  siguió buscando algo que darle al niño , encontró una fruta que no conocía pero pensó que si la apretaba y la sacaba un poco de jugo sobre la boquita del niño sería mejor que no darle nada y así lo hizo.
Como se hacía de noche guardó una buena cantidad de fruta para la noche y se quedó en la gruta, junto al perro que no se separó de ellos.
Al amanecer quiso seguir buscando y se adentró por el camino pero no veía nada que demostrara que allí había personas.
Retrocedió y bajó a la playa de nuevo y allí encontró trozos de tela, un baúl que abrió golpeando con una piedra, y dentro de él había ropa que ella podía utilizar para envolver al niño.
Pasaron dos días y seguía buscando pues no podía darle solo esa fruta o el niño podía morir, el perro la guiaba hacia el interior de la isla y allí encontró un tipo de cabras pero parecían salvajes y se preguntaba como podría  agarrarlas para darle leche, el perro le soluciono su problema las arrinconó  
hacia una esquina y ella se abalanzó sobre ellas y agarró una que la arrastró hasta que pudo atarla con una liana y llevarla hasta la gruta.
Se sentía feliz por poder darle un poco de leche al niño , pues ya lo sentía como suyo.
En aquella isla no había ningún ser humano y ella pensó que allí terminarían sus días, pescaba algún pez y algún marisco para comer ella y la leche y la fruta que encontraba se lo daba al niño que le puso de nombre Ismael.
Pasaron dos años, y no veía salida para ellos, Todos los medios que se pusieron para recuperar el avión y a sus pasajeros  les  dieron por desaparecidos  ya que no encontraron sus cadáveres , así que pasado un tiempo nadie les volvió a buscar.
Aisaya miraba al mar para poder ver un barco que les localizara, pero  en aquella  zona no se veían pasar jamás.
Ismael crecía sano por vivir al aire libre en un clima suave y soleado, jugaban en la arena y en el mar y le daba todo el amor de madre.
Una mañana escuchó un estruendo y se dirigió hacia allí , un avión privado se había estrellado sobre la playa y el piloto  estaba grave, ella le ayudó, le curó y cuando él recuperó el conocimiento llamó por su emisora dando las coordenadas donde se encontraba  y comunicando que allí había una mujer y un niño del avión  siniestrado. Cuando los servicios de emergencia les recogieron , no podían comprender como habían llegado hasta allí a 150 millas marinas de la catástrofe.
Aisaya antes de salir de la isla soltó a la cabra y buscó al  perro pero este había desaparecido y después de buscarlo largo rato vino a su memoria que los ángeles de la guarda protegen a los bebés
y ese perro en una isla abandonada , no podía ser otra cosa.
Cuando regresaron Aisaya se enteró que Ismael no tenía madre pues murió en el accidente y solicitó su adopción y se lo concedieron , desde entonces dedicó su vida a ese niño y a ayudar a los demás , ya que ese era su destino , pues los demás pasajeros del avión  habían fallecido en aquel accidente.
No existe la casualidad en ésta vida y Aisaya lo comprobó, y sigue trabajando por los demás.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Las Princesas delicadas




En un hermoso país donde los arroyos susurraban al aire, las montañas adornaban el cielo y las flores enriquecían el olfato, se encontraba el castillo más bello y fuerte, presidido por un Rey agradable y bondadoso.

Dicho Rey se llamaba Olias Rey del Mar, o así al menos le conocían.

Olias tenia la fortuna de estar casado con una bella esposa, que no era del todo humana, puesto que su raza era la de hada de los bosques, y hacia ya mas de veinte años que mantenían una relación de amor y devoción el uno por el otro.

Él, humano y ella hada, eran la pareja más dispar que existía en su reino, pero todos los hombres del país aceptaban de buena fe su relación.

La reina Marigold, pues ese era su nombre, era extremadamente amable con sus súbditos, regalando y ofreciendo todo lo que a su alcance tenía, para hacerles la vida un poco más fácil.

El destino les había obsequiado con tres bellísimas hijas, a cada cual mas hermosa, con tan solo un año de diferencia entre ambas.

La mayor tenia 18 años de edad y su cabello era como la seda, con labios carnosos y facciones dulces. Sus padres la habían puesto por nombre Daliena, que en el idioma de las hadas significaba fortaleza.

La mediana tenia 17 años de edad y su pelo largo y ondulado le caía por la espalda como cascada, con ojos del color del mar y mejillas siempre sonrosadas. Ella se llamaba Iris, en el dialecto de las hadas significaba gran belleza.

La mas pequeña de las hermanas tenia 16 añitos recién cumplidos y su cabello era dorado como el sol, fino y liso, tan largo que debía tener cuidado de no enredarlo con el movimiento, poseía labios de un rojo natural, que deslumbraba a cuantos se acercaran, y un profundo color azul oscuro en los ojos. Su nombre era Ahmis, que significaba sabiduría.

Todo en la vida de palacio era felicidad y armonía, las tareas de las princesas solo cesaban para dar paso al juego y la algarabía de sus tardes.

Las princesas tenían una peculiaridad inquietante, a causa de la mezcla en su árbol genealógico, un padre humano y una madre hada, tenían que ocasionar algún final inesperado.
A la corta edad de los cinco años, cada una de las princesas respectivamente, había experimentado un cambio en su aspecto físico, dejando asomar unas pequeñas marcas en sus espaldas, que con el crecimiento de sus cuerpecitos, se habían transformado en unas alas preciosas, de colores pasteles y tacto de seda.
Nada más lejos de la realidad, el que estos ornamentos, fueses desagradables a la vista, al contrario, las ofrecía un aspecto mucho más dulce y tierno.
Las alas de las muchachas no servían para mucho, eran un simple adorno.

Un día paseaban por el jardín del castillo, agarrados del brazo, el Rey Olias y su hija mayor Daliena, encaminando sus pasos por debajo de los rosales en flor, disfrutando del día en compañía el uno del otro, cuando un acontecimiento al parecer no tan liviano, los sorprendió, un pétalo de rosa cayo de su sitio, para estrellarse en la cabeza de la princesa, esta de inmediato cayo al suelo por el golpe y se desmayo.

Pensareis que fue una reacción un tanto exagerada, pero es que se me olvido decir que las princesitas eran muy delicadas.

Rápidamente la llevaron a la enfermería del palacio y allí pudieron comprobar que en su frente había un gran bulto, ocasionado por aquel fatídico pétalo de rosa.

Después de algunos días hospitalizada, se recupero, pero en el corazón del Rey se había hospedado el más negro pesar, puesto que su hija mayor jamás volvería a ser la misma después del fatídico accidente.

La consternación llego hasta lo más remoto del reino, haciendo que todas sus gentes, sintieran la preocupación por el Rey y su hija.

Pasaron los meses en el palacio, hasta que una mañana oscura y triste, todo el castillo despertó con el grito mas desgarrador, era la voz de Iris, que se alzaba alto desde sus aposentos. En una fracción de segundo todos los súbditos y el Rey y Reina, llegaron a la recamara de su hija mediana, para comprobar que era lo que sucedía.

Los gritos de la princesa eran de dolor, de un dolor punzante que se localizaba en su espalda, un poco más abajo de sus pequeñas alitas. Creyeron que quizás eran estas mismas las causantes de aquel sufrimiento, pero al levantar sus ropas, vieron que en realidad la herida rosada de su piel, no tenía nada que ver.

El doctor la reconoció y conjeturo que debía de tratarse de algo que se ocultara en su lecho. Las sirvientas movieron, buscaron e inspeccionaron toda la cama, pero después de muchos minutos sin respuesta, comprobaron que lo único que podía haber causado aquello, era una pequeña arruga en sus sabanas. Y así lo descubrieron, la princesa había sido herida, por una simple arruguita en la suave tela.

Después de muchos días de curas y ungüentos, la princesa se recupero, pero en el corazón del Rey había un gran pesar, puesto que su hija mediana jamás volvería a ser la misma después de aquella desgracia.

El Rey Olias, temía por la vida se su ultima hija sana, su pequeña y frágil Ahmis, que era entre las tres la mas desvalida.

A pesar de las negativas y peleas de su hija pequeña, el Rey decidió poner fin a su sufrimiento y encargar una urna de cristal, donde salvaguardar a su inocente niña.

Eran en verdad una urna muy fastuosa, con grabados en los bordes y colores relucientes, pero la princesa no mostraba un gran entusiasmo.

Pasaron las semanas, y el verano llego, y con el las flores, el verde y los animales, incluidos los bichitos mas pequeños. Uno de estos pequeños mosquitos, se coló dentro de la urna, en el mismo momento que una doncella, llevaba la comida a la princesa encerrada. Pero nadie se dio cuenta de la entrada del intruso.

El mosquito se acerco a la princesa y se posiciono delante de su hermoso rostro, y con el aleteo de sus alitas, hizo llegar una minima corriente de aire hasta la joven, para con ese acto, hacerla estornudar.

La princesa Ahmis, cayo enferma por un terrible resfriado, y al comunicarle a su padre, que había sido producido por un mosquito, el Rey entro en cólera.

La princesa sin duda se recupero, pasadas unas semanas, pero ya os puedo decir, que el Rey comprobó que su hija pequeña, jamás volvería a ser la misma después de aquel inconveniente tan desafortunado.

Y así termina la historia, con un Rey y una Reina, sumidos en la desesperación de nunca llegar a saber, cual de sus tres hijas, era en verdad la más delicada.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.