lunes, 14 de abril de 2014

"El alma del cura"





Un matrimonio tuvo un hijo al que llevaban mucho tiempo deseando. A poco de nacer, los padres sintieron curiosidad por conocer el destino del niño y decidieron consultar con un adivino de mucha fama en el lugar por lo atinado de sus predicciones.

El adivino estuvo muy ocupado llenando papeles con signos extraños y al final les dijo:

-Su hijo estará lleno de virtudes y vivirá feliz y contento hasta los veintiún años en que, por algún suceso que no logro ver con claridad, lo ahorcarán.

Los padres maldijeron el día en que se les ocurrió consultar con el adivino, pero ya no podían dejar de pensar en la predicción y el pensamiento les ensombrecía la existencia y no conseguían apartarlo de su mente.

El niño se crió estupendamente y, a medida que creció, resultó ser honrado y trabajador y buen hijo con sus padres, por lo que a éstos no hacía sino aumentarles la tristeza. Y ya estaba a punto de cumplir los veintiún años cuando una noche encontró a sus padres llorando en  silencio y, como ya había observado su tristeza anterior, esta vez les preguntó qué les ocurría. Entonces le contaron lo que el adivino había predicho.

Y el muchacho les dijo:

-Pues no os preocupéis más. Mi iré a correr mundo y cuando vuelva veréis que la profecía era mentira.

Y por más que los padres pretendieron disuadirle, el muchacho se empeñó en partir y sus padres hubieron de resignarse a no verlo más.

A la mañana siguiente, antes de salir, la madre le entregó un devocionario con este ruego:

-No te separes nunca de este libro, y en cada lugar adonde llegues, oye la primera misa que se diga. Prométemelo y que Dios te proteja.

Así lo hizo el muchacho y se puso en marcha. Y ese día era el día de Todos los Santos.

Pronto llegó a un pueblo donde decidió pasar la noche. Y habiendo tomado cama en la posada, preguntó al posadero:

-¿Cuándo es aquí la primera misa?

Y le dijo el posadero:

-La misa del alba es a las seis; pero como mañana es el día de Difuntos, la primera misa es a las doce de la noche. Es una misa misteriosa, pues no se sabe quién la dice ni nadie acude a ella.

Y dijo el muchacho, recordando su promesa:

-Pues yo voy a oír esa misa.

Así que habló con el cura del pueblo y le contó lo que le habían dicho. Y dijo el cura:

-Yo no creo lo que se dice en el pueblo e iré a decir la misa a las seis de la mañana, pero si es tu voluntad,  aquí te dejo las llaves de la iglesia para que puedas entrar en ella y esperar hasta la misa del alba.

El muchacho cogió las llaves y aguardó en la posada hasta un poco antes de las doce. Entonces se dirigió a la iglesia, abrió la puerta y se sentó en un banco a esperar.

A las doce en punto sonaron las campanas y vio que una losa se levantaba en el centro de la iglesia y de ella salía un cura. El cura se dirigió a la sacristía y a poco volvió a salir revestido para decir misa y con un cáliz en las manos. Entonces vio al muchacho y le hizo una seña para que se acercara y éste se fue a donde el cura y le ayudó a decir misa. Y terminada la misa le dijo al muchacho:

-Yo fui cura de este pueblo y, por mis culpas, era un ánima en pena hasta que tú, ayudándome a decir misa, me has sacado del Purgatorio. Desde ahora te ayudaré en todo lo que necesites. Que Dios guíe tus pasos.

El muchacho esperó a que el cura del pueblo llegara al alba, le devolvió las llaves y se marchó del lugar. Estuvo caminando todo el día y al caer la tarde vio las luces de un pueblo en la lejanía y se apresuró a dirigirse a él; pero en ese momento se le apareció el alma del cura y le dijo:

-Toma este caballo que te doy y esta bolsa con dinero y vuelve a casa porque tu madre no hace más que llorarte pensando que ya has muerto. No temas nada, que yo te defenderé.

Desapareció el alma del cura y el muchacho estuvo dudando entre seguir buscando un poco de aventura o regresar ya a su casa, pero como estaba impresionado por la aparición del cura decidió seguir su consejo y se puso de vuelta. Y éste era el día en que cumplía los veintiún años.

E iba por el camino con el caballo al paso, tranquilamente, en mitad del silencio de la noche, que ya había caído, cuando le pareció escuchar voces y, desmontando, decidió averiguar a quién pertenecían. Llevó el caballo de las riendas hasta donde se oían las voces y a poco escuchó con claridad:

-Esto te toca a ti, esto te toca a ti, esto a ti y todo esto es para mí -decía uno.

-Este reparto no me parece bien -dijo otro.

-Pues bien o mal, así es -dijo otro.

Porque eran cuatro ladrones que se estaban repartiendo el botín obtenido con sus asaltos en ese día.

El muchacho se acercó tanto a ellos que los ladrones lo sintieron, mas al escuchar los cascos del caballo pensaron que sería la guardia que los había descubierto y echaron a correr abandonándolo todo.

Así que el muchacho fue a ver lo que allí había y encontró cuatro sacos llenos de oro y objetos valiosos; y dejó los objetos, pero tomó el oro, lo cargó en las alforjas y se alejó tan contento pensando en la buena fortuna que había tenido justo el día en que cumplía los veintiún años.

Mas no bien hubo avanzado un tanto cuando los cuatro ladrones le salieron al paso diciendo:

-¡Alto ahí! ¡Ése es el que nos ha robado!

Y uno sujetó el caballo, otro le echó a tierra, otro le golpeó, otro le ató y entre todos le colgaron de la rama de un árbol, le arrebataron cuanto llevaba encima, además del caballo, y le dejaron expuesto a las fieras del bosque.

El muchacho se dispuso a morir y ya estaba encomendando su alma a Dios y pensando también en sus pobres padres cuando escuchó el galope de un caballo que se detuvo ante él, y en él venía el alma del cura, que le descolgó y le dijo:

-Monta este caballo y no pares hasta llegar a tu casa, que ya ha pasado tu día, pero tus padres te están llorando.

Conque el muchacho emprendió el galope y al alborear llegó a casa de sus padres, que ya le daban por muerto; y en cuanto le vieron llegar, cambiaron su llanto por lágrimas de alegría y ya no volvieron a sentir tristeza por el resto de sus días.



sábado, 12 de abril de 2014

"El alfiletero de la anjana"



En Cantabria hay unas hadas llamadas anjanas, que poseen grandes poderes y que premian a los buenos y castigan a los malos. Y también hay una especie de brujos que sólo piensan en hacer daño a la gente y se llaman ojáncanos, porque tienen un solo ojo en medio de la frente. Los ojáncanos viven en cuevas y son enemigos de siempre de las anjanas.

Un día, una anjana perdió un alfiletero que tenía cuatro alfileres con un brillante cada uno y tres agujas de plata con el ojo de oro.

Una pobre que andaba pidiendo limosna de pueblo en pueblo lo encontró, pero la alegría le duró poco porque en seguida pensó que, si intentaba venderlo, todos pensarían que lo había robado. Así que, no sabiendo qué hacer con él, resolvió guardarlo. Esta pobre vivía con un hijo que la ayudaba a buscarse el sustento, pero un día su hijo fue al monte y no volvió, porque lo había cogido un ojáncano.

Desconsolada al ver que pasaban los días y que su hijo no volvía, la pobre siguió pidiendo limosna y guardaba el alfiletero en el bolsillo. Pero no sabía que al hijo le había cogido el ojáncano y lo creyó perdido y muerto y lo lloró amargamente, pues era su único hijo.

Un día que andaba pidiendo, pasó ante una vieja que cosía. Justo al pasar la pobre, a la vieja se le rompió la aguja y le dijo a la pobre:

-¿No tendrá usted una aguja por casualidad?

La pobre lo pensó durante unos momentos y al fin le contestó:

-Sí que tengo, que acabo de encontrar un alfiletero que tiene tres, así que tome usted una -y se la dio a la vieja.

Siguió la pobre su camino y pasó delante de una muchacha muy guapa que estaba cosiendo y le sucedió lo mismo y le dio la segunda aguja del alfiletero.

Y más tarde pasó junto a una niña que estaba cosiendo y ocurrió lo mismo y la pobre le dio la tercera aguja.

Entonces ya sólo le quedaban los alfileres del alfiletero, pero sucedió que un poco más adelante se encontró con una mujer joven que se había clavado una espina en el pie y la mujer le preguntó si no tendría un alfiler para ayudarla a sacarse la espina y, claro, la pobre le dio uno de sus alfileres. Y todavía volvió a encontrarse con otra muchacha que lloraba con desconsuelo porque se le había roto la falda de su vestido, con lo que la pobre empleó sus tres últimos alfileres en recomponer la falda y con esto se quedó con el alfiletero vacío.

Al final, su camino la llevó al río, pero no tenía puente por donde atravesarlo, de manera que empezó a caminar por la orilla con la esperanza de encontrar un vado, cuando en éstas oyó al alfiletero que le decía:

-Apriétame a la orilla del río.

La pobre hizo lo que el alfiletero le decía y de repente apareció un sólido madero cruzando el río de lado a lado y la pobre pasó sobre él y alcanzó la otra orilla. Entonces el alfiletero le dijo:

-Cada vez que desees algo o necesites ayuda, apriétame.

La pobre siguió su camino, pero tuvo la mala suerte de no encontrar casa alguna donde poder llamar y empezó a sentir hambre. Entonces se acordó del alfiletero y se dijo: «¿Y si el alfiletero me diese algo de comer?».

Apretó el alfiletero y en sus manos apareció un pan recién horneado, por lo que, muy contenta, se lo comió mientras proseguía su camino. Luego, al poco tiempo, alcanzó a ver una casa a la que se dirigió sin demora para pedir limosna, pero en la casa sólo había una mujer que estaba llorando la pérdida de su hija porque se la había arrebatado un ojáncano.

Compadecida, la pobre le dijo que ella misma iría al bosque a ver si podía encontrar a su hija.

En seguida se acordó del alfiletero y, no sabiendo por dónde empezar a buscar, lo apretó fuertemente y apareció una corza con un lucero en la frente. La corza echó a andar y la pobre se fue tras ella hasta que el animal se detuvo ante una gran piedra y allí se quedó esperando.

Desconcertada, la pobre volvió a apretar el alfiletero y apareció un martillo. Cogió el martillo y golpeó la piedra con todas sus fuerzas y ésta se rompió en pedazos y apareció la cueva del ojáncano. Entonces se adentró en ella acompañada de la corza y, aunque la cueva estaba en la más completa oscuridad, el lucero en la frente de la corza les iluminaba el camino.

Y recorrieron la cueva por todos sus rincones hasta que en uno de ellos la pobre vio a un muchacho dormido y reconoció que era su hijo, al que el ojáncano había robado hacía tiempo, y le despertó y se abrazaron con inmensa alegría los dos y, en seguida, se apresuraron a salir de la cueva con la ayuda de la corza.

Volvieron a la casa de la mujer que lloraba la pérdida de su hija, pero entonces la pobre vio que ya no lloraba y reconoció por su porte que era una anjana.

Y la anjana le dijo:

-Ésta es tu casa desde ahora. No dejes volver más al bosque a tu hijo sin cuidado. Y ahora aprieta por última vez el alfiletero.

La pobre lo apretó y aparecieron cincuenta ovejas, cincuenta cabras y seis vacas. Y así que terminaron de contarlas vieron que la corza, la anjana y el alfiletero habían desaparecido.





viernes, 11 de abril de 2014

"El aguinaldo"


 Eran unos niños muy muy pobres que en la víspera del día de Reyes iban caminando por un monte y, como era invierno, en seguida se hizo de noche, pero los pobrecitos seguían andando.

Entonces se encontraron con una señora que les dijo:

-¿Adónde vais tan de noche, que está helando?¿No os dais cuenta de que os vais a morir de frío?

Y los niños le contestaron:

-Vamos a esperar a los Reyes, a ver si nos dan aguinaldo.

Y la señora del bosque, que era muy hermosa, les dijo:

-Y ¿qué necesidad teníais de alejaros tanto de vuestra casa? Para esperar a los Reyes sólo habéis de poner vuestros zapatitos en el balcón y después acostaros tranquilamente en vuestras camitas.

A lo que los niños contestaron:

-Es que nosotros no tenemos zapatos, y en nuestra casa no hay balcón, y no tenemos camita sino un montón de paja... Además el año pasado pusimos nuestras alpargatas en la ventana, pero se ve que los Reyes no las vieron porque no nos dejaron nada.

Así que la señora del bosque se sentó en un tronco que había en el suelo y miró a los pequeños, que la contemplaban ateridos sin saber qué hacer; y ella les preguntó que si querían llevar una carta a un palacio y los niños le dijeron que sí que se la llevarían; entonces ella buscó en una bolsa que llevaba colgada de la cintura y sacó un gran sobre sellado que contenía la carta.

-Pues ésta es la carta , y se la dio.

Luego les explicó cómo tenían que hacer para encontrar el palacio y que el camino era peligroso porque tendrían que pasar ríos que estaban encantados y atravesar bosques que estaban llenos de fieras.

-Los ríos los pasaréis poniéndoos de pie en la carta y la misma carta os llevará a la otra orilla; y para  atravesar los bosques, tomad todos estos pedazos de carne que os doy y, cuando os encontréis con alguna fiera, echadle un pedazo, que os dejará pasar. Y en la puerta del palacio encontraréis una culebra, pero no tengáis miedo: echadle este panecillo que os doy y no os hará nada.

Y los pobrecitos cogieron la carta, la carne y el pan y se despidieron de la señora del bosque.

Conque siguieron su camino y, al poco rato, llegaron a un río de leche, después a un río de miel, después a un río de vino, después a un río de aceite y después a un río de vinagre. Todos los ríos eran muy anchos y ellos eran tan pequeños que les dio miedo no poder cruzarlos, pero hicieron como ella les dijo: echaron la carta al río, se subieron encima de ella y la carta les condujo siempre a la otra orilla.

Cuando terminaron de cruzar los ríos empezaron a encontrar bosques y bosques, a cual más frondoso y oscuro, donde les salían fieras que parecía que los iban a devorar. Unas veces eran lobos, otras tigres, otras leones, todos prestos a devorarlos, pero en cuanto les echaban uno de los pedazos de carne que la señora del bosque les había dado, las fieras los cogían con sus bocas y desaparecían en lo hondo del bosque, dejándolos continuar su camino. Hasta que por fin, cuando ya había caído la noche, vieron a lo lejos el palacio y corrieron hacia él. Pero delante del palacio había una enorme culebra negra que, apenas los vio, se levantó sobre su cola amenazando con comérselos vivos con su inmensa boca; pero los niños le echaron el panecillo y la culebra no les hizo nada y los dejó pasar. Entraron los niños en el palacio y en seguida salió a recibirlos un criado negro, vestido de colorado y de verde, con muchos cascabeles que sonaban al andar; entonces los niños le entregaron la carta y el criado negro, al verla, empezó a dar saltos de alegría y fue a llevársela en una bandeja de plata a su señor.

El señor era un príncipe que estaba encantado en aquel palacio y en cuanto cogió la carta se desencantó; así es que ordenó a su criado que le trajera inmediatamente a los niños y les dijo:

-Yo soy un príncipe que estaba encantado y vuestra carta me ha librado del encantamiento, así que venid conmigo.

Y los llevó a una gran sala donde había quesos de todas clases, y requesón, y jamón en dulce, y miles de golosinas más, para que comieran todo lo que quisieran. Después los llevó a otra sala y en ésta había huevo hilado, yemas de coco, peladillas, pasteles de muchas clases y miles de confituras más, para que comieran lo que quisieran. Y después los llevó a otra sala donde había caballos de cartón, escopetas, sables, aros, muñecas, tambores y miles de juguetes más, para que cogieran los que quisieran. Y después de todo eso, y de besarlos y abrazarlos, les dijo:

-¿Veis este palacio y estos jardines y estos coches con sus caballos? Pues todo es para vosotros porque éste es vuestro aguinaldo de Reyes. Y ahora vamos en uno de estos coches a buscar a vuestros padres para que se vengan a vivir con nosotros.

Los criados engancharon un lujoso coche y se fue el príncipe con los niños a buscar a sus padres. Y ya todo el camino era una carretera muy ancha y muy bien cuidada y los ríos y los bosques y las fieras habían desaparecido. Y luego volvieron todos muy contentos al palacio y vivieron muy felices.

¡Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!



jueves, 10 de abril de 2014

"El agua amarilla"



Un rey que había llegado a ser rey siendo aún muy joven, andaba enamorado de la hija de uno de los guardas que cuidaban de las tierras que pertenecían al palacio.
Este guarda tenía su casa dentro de los límites de los jardines de palacio y por eso el rey acostumbraba a pasear por ellos con la esperanza de encontrarse con la muchacha que él quería, pero nunca conseguía verla a solas y tenía que conformarse con contemplarla, a ella y a sus dos hermanas, por entre los pocos huecos que dejaba el tupido seto que rodeaba la casa.
Así pasaban los días y el espíritu del rey oscilaba entre la ansiedad y la melancolía.
Una de las veces en que entretenía el tiempo mirando a través del seto, vio que las tres hijas del guarda estaban a la puerta de su casa cosiendo tranquilamente.
Entonces el rey aguzó el oído y pudo escuchar esta conversación:
-Ay, cuánto me gustaría poder casarme con un joven guapo que tuviera el oficio de panadero, porque así tendría el pan asegurado para mí y para mis hijos durante toda la vida -eso lo dijo la mayor de las hermanas.
-Pues a mí -dijo la mediana- me gustaría casarme con un cocinero joven y guapo, porque entonces tendría pan y comida para toda la vida.
Y entonces oyó decir a la pequeña, que era a la que él amaba:
-Pues yo no quiero ninguno de esos dos maridos, porque yo lo que quisiera es casarme con el rey -y lo decía a sabiendas de que eso era imposible.
Y el rey que lo oyó, rodeó el seto tras el que las observaba, se presentó delante de las muchachas y les dijo:
-He escuchado vuestros tres deseos y, cuando queráis, yo me ocupo de que se celebren esas tres bodas en el palacio. Tú -dijo dirigiéndose a la mayor- te casarás con mi panadero; tú -dijo dirigiéndose a la mediana- te casarás con mi cocinero; y tú -añadió dirigiéndose a la pequeña- te casarás conmigo, porque yo soy el rey y tú eres la elegida de mi corazón.
Las tres hijas del guarda, aunque le encontraban muy guapo y apuesto, pensaron que era uno de los servidores del rey y se rieron de él, pero entonces llegó el padre, que reconoció al rey, y las tres comprendieron que era cierto lo que había dicho.
Así que se casaron muy alegres y contentas las tres.
Pero al poco tiempo, la envidia empezó a hacer nido en el corazón de las dos hermanas mayores, hasta el punto de que acabaron odiando a muerte a la más pequeña por esta causa.
Pasó el tiempo y, a punto de cumplirse el año desde el día de la boda, la reina dio a luz a un niño. Las hermanas, cuya envidia no había hecho sino crecer, aprovecharon un descuido, le robaron al niño, lo pusieron en un cestillo y lo echaron al río con la esperanza de que se ahogase. En su lugar, presentaron al rey una canastilla hermosamente adornada, con un
cachorro de perro recién nacido envuelto en su interior, y le dijeron al rey que lo había parido su hermana.
El rey, aunque la amaba mucho, se llevó un disgusto tan grande que decidió repudiarla, pero sus consejeros le convencieron de que no lo hiciera, pues no sabían lo que aquello significaba. De modo que el rey decidió esperar y se reconcilió con la reina.
Entretanto, el cestillo en el que habían puesto al niño navegó por el río a lo largo del valle hasta que quedó varado en un remanso y allí fue donde lo encontró uno de los guardas del rey que vivían más alejados de palacio. Y como este guarda estaba deseando tener un hijo, pues su esposa era estéril, lo recogió y lo llevó a su casa, donde la mujer lo recibió con enorme alegría y acordaron criarlo sin decir a nadie cómo lo habían encontrado.
Y sucedió que la reina quedó nuevamente embarazada.
Las hermanas, que la odiaban aún más porque su plan no había salido como esperaban, resolvieron volver a hacer lo mismo, confiando en que esta vez su plan sí que daría resultado, y cambiaron al niño por un cachorro de gato recién nacido y se lo presentaron al rey. El rey, esta vez, sí que se puso furioso y quería matar a la reina, pero los consejeros le dijeron de nuevo que no lo hiciera, pues la naturaleza se manifestaba a veces de manera extraordinaria y aquel nuevo suceso les parecía aún más misterioso que el anterior, por lo que se hacía necesario esperar, al menos una vez más, antes de decidir que la reina era culpable. Y el rey lo aceptó a regañadientes.
Las hermanas, como la vez anterior, habían echado al niño al mismo río en un cestillo y este cestillo fue el que se encontró el mismo guarda, que le pareció un regalo del cielo y se apresuró a llevárselo a su mujer para que lo criara también, pues de este modo ya habían conseguido dos hijos.
La reina quedó nuevamente embarazada y, un año más tarde, dio a luz a una niña. A las hermanas les faltó tiempo para hacer con la criatura lo mismo que con sus hermanitos, pero no habiendo encontrado cachorro ni de perro ni de gato, pusieron en la canastilla un pedazo de corcho untado en sangre y echaron a la niña al río en otro cestillo. Y sucedió que el mismo guarda volvió a encontrarlo y, al ver que esta vez era una niña, se volvió loco de contento y se apresuró a llevárselo a su mujer para que la criara.
Entretanto, el rey, que ya no quiso oír a sus consejeros, mandó hacer una jaula de hierro, encerró en ella a la reina y ordenó que durante el día colgasen la jaula a la puerta del palacio para que, todos los que entraran o salieran de él, hicieran burla de ella y le echasen comida como a los animales, y a la noche la guardaran en las caballerizas.
Pasó el tiempo y los niños fueron creciendo en el hogar del guarda que los recogió y ni él ni su mujer dijeron nunca nada a nadie sobre el origen de los niños, de forma que todos los que los conocían los tenían por sus hijos naturales. Pero un día murió el guarda y la guardesa hubo de mudarse a una casa más alejada y más pequeña, en la linde del bosque, que era también del rey. Y cuando la niña cumplió quince años murió la guardesa y los niños quedaron huérfanos. Entonces ella tomó las riendas de la casa y la organizaba y mantenía mientras los hermanos sacaban dinero, de la caza unas veces, otras veces de jornal, para mantenerse los tres.
Hasta que, un día, una vieja se acercó a la casa y estuvo hablando con la niña, mientras los hermanos se encontraban fuera, y al término de la conversación le dijo:
-No seréis felices mientras no tengáis estas tres cosas: al agua amarilla, el pájaro que habla y el árbol que canta.
La niña quedó preocupada y confusa y cuando volvieron sus hermanos les contó lo que le había dicho la vieja. Entonces el mayor le contó que ellos también habían encontrado a una vieja que estuvo hablando con ellos y al final les entregó un espejo y un cuchillo advirtiéndoles que, cuando el espejo se empañara o el cuchillo se manchara de sangre, querría decir que su dueño se encontraba en gran peligro.
Conque el mayor decidió ir a buscar las tres cosas que dijo la vieja y, antes de ponerse en camino, entregó el cuchillo a sus hermanos y se metió en el bosque.
Después de mucho caminar, vio a un ermitaño a la puerta de su ermita y decidió preguntarle si sabía dónde se encontraban el agua amarilla, el pájaro que habla y el árbol que canta. El ermitaño le contestó que sí lo sabía, pero que todos los que buscaban estas tres cosas quedaban encantados y no volvían jamás.
El hermano mayor le contestó que él estaba decidido a conseguirlas y entonces el ermitaño le dio una bola con estas instrucciones: que cuando viera que el camino iba cuesta abajo, la dejara rodar, que se detendría sola ante un monte, que subiera ese monte y que nunca volviera la cara atrás.
El muchacho cogió la bola y, cuando vio que el camino descendía, hizo lo que el ermitaño le había dicho y empezó a subir el monte, pero a mitad de la subida oyó unas voces que le llamaban, volvió la cara y se quedó convertido en piedra.
Los otros dos hermanos estaban pendientes del cuchillo y, de pronto, vieron que éste se llenaba de sangre.
Entonces dijo el segundo hermano: -Esto es que mi hermano mayor está en peligro, así que voy en su auxilio.
Entregó su espejo a su hermana y se marchó por el bosque.
Después de mucho caminar, encontró la ermita y preguntó al ermitaño lo mismo que su hermano y el ermitaño le entregó otra bola y le dio las instrucciones, pero al muchacho le sucedió exactamente igual que a su hermano y quedó también convertido en piedra.
La hermana, que estaba mirándose en el espejo, vio de pronto cómo éste se empañaba y se ponía turbio y comprendió que su segundo hermano también se hallaba en peligro, por lo que resolvió ponerse en marcha y se internó en el bosque.
Cuando llegó a la ermita, preguntó al ermitaño:
-¿Ha visto usted pasar por aquí a dos mozos con tales y tales señas?
Y dijo el ermitaño:
-¿Dos mozos que iban buscando el agua amarilla?
-Ésos son -contestó ella.
-Pues a los dos les dije lo que te digo a ti, que tomes esta bola y, cuando veas que el camino va cuesta abajo, eches a rodar la bola, que se parará sola ante un monte; entonces sube a lo alto sin volver la cara, porque en lo más alto del monte está el pájaro que habla y, cuando le pongas la mano encima, ya podrás mirar atrás sin peligro.
Entonces ella le pidió una bola y también un poco de tela para taparse los oídos y echó a andar y fue haciendo todo lo que le decía el ermitaño. Como se había tapado los oídos con los pedacitos de tela no oyó las voces que la llamaban, y así llegó a lo alto del monte, donde vio un pájaro y le puso la mano encima; entonces el pájaro habló:
-¡Una mujer me tenía que coger! -dijo.
Y la muchacha le acarició dulcemente y le habló con mimos y después le preguntó por el agua amarilla y el árbol que canta y el pájaro, satisfecho, le explicó dónde se hallaban y también le explicó que si regaba con agua amarilla las piedras en que se habían convertido sus hermanos, los desencantaría.
La muchacha cortó una rama del árbol que canta, llenó un cantarillo que llevaba con el agua amarilla, humedeció la rama en él y con ella roció las piedras y desencantó a sus hermanos. Entonces se volvieron tan contentos a su casa, donde plantaron la rama del árbol. Y la rama prendió y empezó a crecer y de cada hoja nueva que brotaba salían cantos como si el árbol estuviera lleno de avecillas.
Al otro día, los dos hermanos fueron de caza, para buscarse el sustento, y se encontraron con el rey, pero no le reconocieron porque nunca le habían visto, de tan aislados como habían vivido.
Así que departieron con el rey y éste encontró tan agradables a los muchachos que los invitó a comer.
Ellos se lo agradecieron de todo corazón, pero le dijeron que no podían dejar a su hermana sola, y entonces dijo el rey:
-Pues que se venga ella también.
Y fueron a buscarla y luego a comer con el rey. Al entrar en el palacio vieron a una mujer en una jaula que les causó lástima, pero por prudencia no quisieron preguntar nada. Después de comer, el rey les enseñó el palacio y los jardines y, cuando se despidieron, suplicaron al rey que accediese a ir a comer con ellos a su casa, para corresponderle de alguna manera, a lo que el rey accedió de buena gana. Y al salir de palacio vieron de nuevo a la mujer en la jaula y se les encogió el corazón.
Así que regresaron a su casa, empezaron a pensar qué le darían de comer al rey y estaban discutiendo entre ellos cuando oyeron al pájaro que habla que decía:
-Ponedle pepinos rellenos de perlas.
-¿Qué dices? -replicaron ellos, atónitos.
-Ponedle pepinos rellenos de perlas.
-¿Y dónde vamos a encontrar nosotros unas perlas? -respondieron ellos.
Y les dijo el pájaro:
-Al pie del árbol que canta hallaréis una arqueta llena de perlas.
La buscaron y, efectivamente, allí estaba.
Conque, al día siguiente, llegó el rey, acompañado por alguno de sus consejeros como tenía por costumbre.
Se sentaron todos a la mesa que los hermanos habían preparado con todo esmero y la  muchacha sirvió de primer plato los pepinos. El rey partió uno y, al ver las perlas, dijo en voz alta, mostrándolo a sus consejeros:
-¿Dónde se ha visto comer pepinos con perlas?
Y el pájaro que habla dijo entonces:
-¿Y dónde se ha visto que una mujer pueda parir un perro, un gato y un corcho?
Y todos se quedaron admirados al escuchar esto; y dijo el rey:
-¿Pues qué sino eso fue lo que parió la reina?
Y volvió a hablar el pájaro:
-A los tres muchachos que tienes delante.
La muchacha, que oyó esto, le dijo al pájaro:
-¿Es que la guardesa no era nuestra madre?
Y el pájaro contestó:
- Vuestra madre verdadera es la mujer que está en una jaula, que es la reina; y las hermanas de la reina, por envidia de verla mejor casada que ellas, os cambiaron a cada uno por una cría de perro, una de gato y un pedazo de corcho y a vosotros os arrojaron al río en un cestillo.
Entonces el rey se levantó, y con él sus consejeros, llenos de asombro por lo que acababan de saber, y el rey abrazó a los hermanos con gran alegría de saber que sus tres hijos vivían y mandó a sus consejeros a palacio inmediatamente para que descolgaran a la reina y le anunciaran que volvía con sus hijos, por lo que esperaba su perdón. Y por las mismas, encargó que prendieran a las hermanas y las encerraran en la misma jaula donde la reina había estado. Y dicho esto, abrazó de nuevo a sus hijos con lágrimas en los ojos y volvieron todos a palacio, donde fueron felices como la vieja les había predicho.





miércoles, 9 de abril de 2014

"Egle, la reina de las áspides"



Hace muchísimos años, tantos que ya ni se recuerdan, vivía un matrimonio de ancianos. Tenían doce hijos y tres hijas: la menor se llamaba Egle. Un atardecer de verano, las tres hermanas fueron a bañarse. Jugaron en el agua hasta que se puso el sol. Entonces volvieron a la orilla para vestirse. Pero Egle encontró un áspid dentro de la manga de su camisa; se asustó y comenzó a gritar. La hermana mayor cogió una estaca para ahuyentar al áspid. Y de pronto, éste dijo a Egle con voz humana:

 - Egle, prométeme que te casarás conmigo y me iré sin haceros daño.

 La niña se echó a llorar. ¡Cómo iba a casarse con un áspid!

 - ¡Devuélveme mi camisa y vete! - le dijo.

 - ¡Sólo si prometes casarte conmigo! - dijo el áspid.

 Egle tuvo que prometer al áspid que se casaría con él. En ese momento, el áspid salió de la camisa y se sumergió en el mar.

 A los tres días, apareció en el jardín de la casa de Egle un regimiento de áspides, reptando lentamente. Unos treparon por la valla y otros se enrollaron en los troncos de los árboles. Los encargados del casamiento entraron en la casa para hablar con los ancianos padres, y éstos no tuvieron más remedio que entregar a su hija.

 Los áspides y la joven llegaron a la orilla del mar. Y al instante, se levantaron dos enormes olas, y en lugar de un áspid apareció un muchacho joven y muy atractivo: el rey de las aguas.

 En el fondo del mar se celebró un gran banquete y Egle se casó con el áspid.

Con el paso del tiempo la muchacha se tranquilizó y se acostumbró a la vida bajo las aguas. Olvidó a los suyos y olvidó su tierra.

 Pasaron nueve años. Egle tuvo tres hijos y una hija. El mayor se llamaba Roble, el segundo, Fresno, el tercero Álamo y la niña, Álamo Temblón. Un día, el mayor dijo a su madre:

 - Madre, nunca nos ha hablado de tu familia. ¿Dónde viven tus padres?

 Entonces, Egle se acordó de sus padres y hermanos, recordó su tierra. Y sintió la necesidad de volver a su país, quería ver a los suyos.

El áspid acompañó a Egle y a sus cuatro hijos a la orilla del mar.

 - Dentro de un mes debéis regresar, que nadie os acompañe. Cuando llegues a la orilla llámame así: "Áspid, áspid. Si estás vivo, espuma de leche. Si estás muerto, espuma de sangre". Si estoy vivo, vendré a buscaros. Pero si la espuma es roja, sabrás que he muerto. No descubrirás a nadie cómo debéis llamarme.

Egle y sus hijos volvieron a su tierra. Sus padres y hermanos se alegraron mucho de verlos, y escucharon fascinados lo que Egle les contó sobre sus vidas bajo las aguas. Pero cuando les dijo que tenía que regresar en un mes, sus hermanos idearon un plan para retener a su hermana y sus sobrinos con ellos para siempre, en la tierra.

 Una noche, llevaron a los cuatro niños al bosque, encendieron una hoguera y, uno a uno, les obligaron a decir cómo podrían hacer salir a su padre a la superficie del mar. Los chicos, a pesar de los golpes que les propinaban sus tíos, no dijeron una palabra. Pero la niña estaba asustada y no tardó en revelar el secreto.

 Al amanecer, los hermanos de Egle cogieron unas guadañas y se dirigieron a la orilla del mar. Llamaron al áspid y, cuando éste apareció entre la espuma, le cortaron la cabeza con la guadaña.

Pasó el mes y Egle y sus hijos debían volver junto al áspid. Los hermanos no dijeron nada y la dejaron partir.

 - Aspid, áspid. Si estás vivo, espuma de leche. Si estás muerto, espuma de sangre - dijo Egle.

 El mar se agitó desde sus profundidades, y se destacó entre las demás una enorme ola de espuma roja. Egle escuchó la voz de su marido entre el rugido del mar.

 - Tus hermanos me mataron con guadañas. Nuestra hija, Alamo Temblón, nos ha traicionado.

 Desesperada, Egle miró a sus hijos y dijo:

 - Que mi hija pequeña se convierta en Alamo Temblón, que tiemble día y noche, que las lluvias le purifiquen la boca, que el viento le peine los cabellos. Y vosotros, mis queridos hijos, sed desde ahora árboles firmes. Yo seré un abeto.

 Y todos quedaron convertidos en árboles.

       Por eso, el roble, el fresno y el álamo son árboles fuertes, y el álamo temblón se estremece al menor soplo de viento.