miércoles, 5 de noviembre de 2014

El califa Cigüeña


Por muy pocas monedas, el califa Chasid había comprado un cofrecito que contenía un polvo negruzco y una vieja carta escrita en latín. Su primer ministro, el gran visir, le aconsejó hiciera traducir el escrito, por si se tratara de algo interesante.

La carta, traducida, decía así: “¡Oh, hombre que has encontrado este cofre, agradécele a Alá! Si aspiras este polvo y luego dices la palabra mágica MUTABOR, podrás transformarte en cualquier animal y entender su lenguaje. Luego, si quieres volver a la forma humana, no tienes más que inclinarte tres veces hacia

Oriente y repetir la palabra mágica. Pero no rías durante la transformación. Si lo haces, olvidarás la palabra y quedarás animal por siempre jamás.”

Apenas se fue el traductor, el califa y su visir hicieron grandes proyectos para divertirse cuando se transformaran en algún animal.

Con estos pensamientos salieron a caminar por la plaza, y cuando vieron en un estanque un par de cigüeñas quisieron probar los poderes del polvo mágico y, sin pensarlo dos veces,» absorbieron un poco cada uno y dijeron: MUTABOR. Al instante se transformaron en dos hermosas cigüeñas. Siguieron su camino conversando ahora en la lengua “cigüeñina”, hasta que se encontraron con dos cigüeñas de verdad y, deteniéndose a cierta distancia, escucharon lo que aquéllas conversaban :

—¿Así que hoy vas a un baile? —le dijo la que parecía más vieja a la otra.

—Sí. Por eso quiero ensayar unos pasos antes que llegue la hora. —Y sin ningún reparo se puso a dar saltitos de aquí para allá. Tan cómica resultó la bailarina, que el califa y el visir no pudieron aguantar más y soltaron la risa, asustando así a las pobrecitas, que se fueron volando.

Justo en ese momento se acordaron de que no debían reir, y por más que hicieron no pudieron recordar la palabra mágica. Cigüeñas habían querido ser y cigüeñas se quedarían.

Víctimas del hechizo, vagaron tristemente por el campo, sin saber qué hacer, hasta que un día, desde lo alto de un campanario, vieron avanzar un gran cortejo; tambores y trombones llenaban los aires con sus sones y un hombre envuelto en rico manto escarlata era vitoreado por la multitud.

—¡Viva Mizra, el señor de Bagdad! —gritaban todos.

Las dos cigüeñas se miraron y comprendieron…

—¿Entiendes ahora, gran visir, por qué hemos sido encantados? Este Mizra es el hijo de mi peor enemigo: el mago Kaschnur. Ven, vamos a la tumba del Profeta; quizá en ese lugar sagrado podamos romper el hechizo.

En la primera noche de su viaje descansaron en un castillo abandonado, que en otros tiempos debió ser muy fastuoso, pues todavía quedaban restos de su esplendor.

Ya estaban para dormirse cuando fueron sobresaltados por un llanto muy quedo que llegaba de algún lugar cercano. Allí se dirigieron cautelosamente y encontraron una lechuza, de cuyos grandes ojos resbalaban abundantes lágrimas

—¡Oh —dijo el horrible animal—, vosotros sois mi salvación! —Y les contó su triste historia. Aquella lechuza era nada menos que una princesa de la India, a quien el pérfido mago Kaschnur había transformado, porque no quiso casarse con su hijo Mizra.

Al escuchar tan triste historia, el califa se conmovió y le preguntó qué podía hacer él para desencantarla.

—Cuando me trajo aquí el horrible mago me gritó: “Así quedarás por toda la vida. Sólo podrás volver a tu estado normal si alguien te pide en matrimonio.”

El califa no vaciló ni un instante y allí mismo, sin fijarse en la fea figura de la lechuza, le ofreció desposarla.

Agradecida la lechuza, les hizo saber que a ese mismo castillo solía venir el mago Kaschnur con otros malvados como él para contarse las últimas malas acciones cometidas, y que, precisamente, esa noche, al ocultarse la luna, tendría lugar una de esas reuniones.

Guiados por la lechuza, el califa y el visir llegaron hasta una ventanita desde donde podían ver una amplia sala ricamente amueblada. Allí estaban, sentados alrededor de una mesa, todos los magos y hechiceros, regocijándose de las tremendas maldades que habían cometido en los últimos tiempos.

Kaschnur contó, a su tiempo, lo que había hecho con el califa y el visir. Todos le festejaron la hazaña y rieron aún más cuando les dijo que la palabra que se habían olvidado era nada menos que MUTABOR.

El califa y el visir se miraron y repitieron la mágica palabra inclinándose tres veces hacia Oriente. La transformación fue inmediata, y cuál no sería su sorpresa cuando, al darse vuelta para agradecer a la lechuza el favor que les había hecho, vieron maravillados a una hermosa doncella…

Cuando el pueblo se enteró de la maldad de Kaschnur y del usurpador Mizra los desterró y devolvieron el poder al buen califa y al gran visir. Tres días después Chasid contraía enlace con la princesa hindú, en medio de la alegría de toda la nación.


lunes, 3 de noviembre de 2014

La prueba del fuego



La nave rompía las olas del mar a toda vela y, vista de lejos, parecía una gaviota danzando entre las aguas. El casco era pequeño, amplias las velas tiesas al viento y numerosos los marineros, los mozos que hacían la limpieza, barriendo el puente con baldes de agua, y los remeros.

De repente, dos robustos marineros subieron al-puente, arrastrando a un hombre pequeño y frágil, de rostro demacrado y ojos centelleantes, vestido con una cogulla  ( hábito) de color castaño y con los pies descalzos.

Capitán —dijo uno de los marineros— hemos encontrado a este hombre en la bodega. ¿Qué hacemos con él?

El capitán miró con sorpresa a aquel hombre extrañamente vestido y se rascó nerviosamente la barba.

—¿Qué hacías en la bodega? —preguntó con una voz tan profunda, que se habría oído retumbar aun en medio de la tempestad.

—Quiero ir a Tierra Santa —respondió el hombre.

—¿Sabes que no trasportamos pasajeros y que tenemos nuestras normas? ¿Qué dirías si te arrojáramos al mar?

—Podrías hacerlo, pero no lo harás —respondió el hombre con tranquila voz.

—No, no lo haré, claro que no lo haré. Pero no te salvarás tan fácilmente. Marineros, atadlo al palo mayor y dadle veinte latigazos, luego encerradlo en la celda de seguridad.

El hombre no parpadeó. Sonreía y su rostro estaba iluminado con luz extraña. Lo desnudaron y ataron al palo mayor. Los golpes del látigo tiñeron de rojo sus frágiles espaldas; pero el hombre seguía sonriendo. Tenía los ojos entrecerrados y movía los labios como si estuviera rezando.

El capitán se quedó mirándolo, luego le volvió la espalda bruscamente.

Es un hombre extraordinario —dijo para sí—. Cualquiera de mi chusma hubiese chillado como un mono al recibir semejantes latigazos… En cambio él sonríe. Y el capitán se hurgaba la barba, como hacía cuando se encontraba inquieto y nervioso.

A la noche, mientras la nave se deslizaba como una gaviota sobre el mar oscuro, el capitán vio que de la celda salía una luz clara. Descendió la escalera y se arrimó a la puerta de la celda. Dentro se alzaban dos voces, unidas en un coloquio lleno de pausas y silencios. Una voz rezaba y suplicaba casi gimiendo. La otra, dulce y profunda, que parecía llegar de lejos, respondía, con pocas y breves palabras.

“La voz que suplica y ruega la conozco bien, pensaba el capitán, es la del prisionero. Pero la otra voz… ¿de quién será esa voz, profunda y persuasiva como una música?”

Y cuanto más pensaba, más se sentía invadir de asombro.

De pronto oyó decir a la voz desconocida, con tono seguro y lejano, como si viniese desde lo alto del cielo o de las profundidades del mar:

—Anda, Francisco, y adonde otros han llevado la muerte con el hierro y con el fuego, tú lleva la paz…

El capitán se estremeció. Tenía miedo, como si fuese un ladrón.

Al amanecer, hizo llamar al prisionero.

—¿Quién eres? —le preguntó, sin mirarle a los ojos.

El hombre respondió:

—Yo soy el heraldo del Gran Rey.

—¿Qué rey?

—El que vive en lo alto de los cielos.

El rudo hombre de mar lo miró en los ojos y se quedó sorprendido por su inquieto resplandor.

—Entonces, ¿eres un cruzado?

—No.

—¿Un monje quizá? ¿Un eremita?

—No soy monje. Soy solamente un hombre y me llamo Francisco de Asís.

—Y ¿por qué quieres ir a Palestina?

—Quiero convertir al Sultán a la fe de Cristo.

—¿Sin espada?

—Sin espada.

El capitán se hurgó la barba rojiza y luego dijo a los marineros:

—Dejad libre a este hombre. No quiero que se le toque ni un pelo.

—Gracias —respondió Francisco—. Que Dios esté con vosotros y vele por esta nave.

El barco continuó navegando por muchos días y, finalmente, atracó en las costas de la Tierra Santa.

Los sarracenos eran ferocísimos con todos los extranjeros; pero, particularmente, con los cristianos. De manera que apenas Francisco puso pie en tierra fue rodeado por un grupo de soldados y hecho prisionero.

—Conducidme ante el Sultán, debo hablarle —ordenó el extranjero con tono seguro. Los sarracenos, creyéndolo un mensajero, lo respetaron y lo guiaron al campamento.

El Sultán, que era un hombre hábil e inteligente, quedó maravillado de la valentía del extraño y lo hizo pasar en seguida a su presencia.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó mirándolo fijamente.

—Quiero que te conviertas a la fe de Cristo y que dejes de hacer la guerra a los cristianos.

El Sultán quedó aturdido por tanta audacia y respondió:

—¿Quién me dice que la fe de Cristo sea la verdadera? Pruébalo, si eres capaz.

San Francisco habló largamente, maravillando al Sultán y a los sabios que lo rodeaban, con la fuerza y la eficacia de sus palabras.

—Él ha hablado bien — dijo al fin un sabio—, pero queremos que nos dé una prueba más: la prueba del fuego. Que pase con los pies desnudos sobre el brasero ardiente y entonces creeremos su palabra.

El Sultán asintió y trajeron un brasero colmado de brasas. San Francisco no hesitó (dudó)

—Hermano fuego —rogó en voz baja—, en nombre de Cristo sé bueno y no me hagas daño.

Posó los pies desnudos sobre las brasas, el fuego chisporroteaba sin quemarlos, no los abrasaba, sino que los lamía solamente.

Francisco pasó por encima de las brasas como si el fuego fuera una alfombra de terciopelo cubierta con pétalos de rosa.

El Sultán lo miraba, pálido de estupor.

Luego, como inspirado, se volvió a sus sabios:

—¿Hay alguno, entre vosotros, que quiera intentar esta prueba?

Ninguno respondió y, en silencio, fueron alejándose.

No sabemos qué es lo que se dijeron los sabios, no bien estuvieron solos. Pero una leyenda nos cuenta que el Sultán, a punto de morir, se convirtió a la nueva fe y, en el horizonte, un frailecito descalzo lo esperaba para guiarlo hasta el Paraíso. Era Francisco de Asís.

Sólo la fe le permitió sufrir en silencio la tremenda prueba