jueves, 16 de agosto de 2012

Cuento de verano (Hadas de colores)



Había una vez un país, llamado Fantasía, donde vivían hadas de colores, duendecillos, brujos y brujas que no querían que el reino de la Fantasía estuviera lleno de color y alegría.

Lumilda , era una bruja, que vivía sola en su castillo, Se enfadaba mucho, cuando contaban cuentos a los niños.

-No quiero que cuenten cuentos a los niños, porque aprenderán a escuchar, tendrán imaginación, fantasía, ilusión, y lo que es peor, buenos sentimientos en su corazón.

-¡ No dejaré que ocurra eso!, ¡Tengo que hacer algún hechizo!

Entró, en su castillo, y cogió su libro embrujado y con voz muy fuerte dijo:

-Brujos y brujas que queréis el mal, que mi voz podáis escuchar, nuestra magia, tenemos que unir, para que en el mundo de la realidad, cuentos no se vuelvan a contar.

Cuando dijo esto, en el cielo, se vieron relámpagos y se escucharon truenos, la magia de los brujos se había unido y el hechizo de Lumilda se había cumplido.

Y desde ese momento, en el mundo de la realidad, no se volvieron a contar cuentos.

El Hada Arco Iris, había visto lo que había hecho Lumilda y fue a contárselo al hada Naranja que era el Hada de los niños.

-Hada Naranja, Lumilda y los brujos del mal, han unido su magia, y han hecho que en el mundo de la realidad, cuentos no se vuelvan a contar.

-Eso no puede ser!, llamaré a las hadas de colores, para ver que podemos hacer.

Cogió su campanilla mágica y empezó a tocarla:

TILÍN TILÍN, TALÁN TALÁN
TILÍN TILÍN, TALÁN TALÁN

Cuando las hadas de colores escucharon la
campanilla mágica, fueron al palacio del hada Naranja, y allí se enteraron de lo que había hecho Lumilda.

-¡No dejaremos que se salga con la suya!

Dijeron enfadadas.

-¡Claro, que no la dejaremos!. Dijo el Hada Naranja.

-Nosotras, al mundo de la realidad iremos, y cuentos a los niños contaremos, de este modo, no perderán la fantasía, la ilusión, la imaginación y los buenos sentimientos en su corazón.

Todas las hadas, hicieron un corro, y con una voz muy dulce cantaron:

-Somos hadas de colores,
-que al mundo real iremos,
-y allí a los niños,
-muchos cuentos contaremos.

Mientras cantaban, iban colocando una piedra de color en el centro, de las piedras de colores salieron muchos caminos, y cada hada cogió uno distinto, que las llevaría al mundo de la realidad, para contar cuentos a los niños.

Gracias a las Hadas de colores, los niños pudieron seguir escuchando cuentos, jamás perdieron
la ilusión y siguieron viviendo ese mundo de fantasía que es la niñez y que todos recordamos con amor y añoranza cuando somos adultos.

martes, 14 de agosto de 2012

Cuento de verano (La vara milagrosa)



Cecilia ha pasado hoy el día en la un hermoso pueblo marinero llamado San Vicente de la Barquera 
en la playa del  parque natural de Oyambre, donde la paz y el sonido del mar se complementan para la delicia de los sentidos.
Este parque tiene los estuarios de la ría de San Vicente y la de la Rabia, y es un ecosistema  litoral,
compuesto de hermosas dunas, zonas rocosas y praderías, unido a unos bosques frondosos con árboles autóctonos , donde las aves acuáticas invernan  o descansan durante el periodo de migración.
Por la tarde ha regresado al pueblo y sin llegar a casa se acercó a la plaza para ver al anciano.
Este le ha contado una historia escrita en el cántabro un idioma que se va perdiendo y que escribió un famoso escritor cántabro llamado Manuel Llano , este escritor recopilaba las historias por los pueblos de la región.


Una vez iba una moza por un caminu allá. Al llegar a una cotera oyó una voz que se quejaba con mucha tristeza. Miró por toas partes y no vio a ninguna persona.

La voz no dejaba de quejarse con mucha tristeza. Golvió a mirar y no apaecía nadie. Cuando iba a seguir el caminu se fijó en que la voz salía debajo de una lastra...

Llamó en la lastra con una piedra, como si juera una puerta, y la voz, barrutando que era algún caminante compasivu, habló más juerte y dijo a la moza que era un muchachu que le había cogíu un ojáncanu y le tenía en la su cueva.

La moza torció el su caminu, compadecía del muchachu, y se lo jue a contar to a una hechicera que vivía en una choza al lau de una ermita.

Cuando la moza llegó a la choza de la hechicera, que se llamaba Pelegrina, estaba hilando en una rueca de oru que al mismo tiempo cantaba como un jilgueru.

En la choza había unos platos con una flores pintás del color de las estrellas; había unas jarras y una mesa de coral y una silla de madera negra muy brillante.

La hechicera era muy revieja y muy guapa y tenía los ojos muy grandes y muy negros, sin ninguna arruga en la cara.

Cuando la moza acabó de contala lo que la había dichu el muchachu de la cueva del ojáncanu, la hechicera la dió una vara de fresnu seca que estaba en un rincón de la choza, y la dijo que con aquella vara llamara otra vez en la lastra que servía de puerta a la cueva.

Golvió la moza a la puerta de la cueva y llamó en la lastra.La lastra se movió hacia un lau, y la moza pudo entrar en la cueva, que estaba muy oscura como la boca de un lobu. Entonces como no se veía na en aquella oscuridad, la vara de la hechicera empezó a alumbrar sin que nadie la encendiera, con un resplandor muy grande.

Iba caminando por la cueva allá y se alcontró con un hoyu muy grande que no la dejaba pasar.

Entonces la vara, sin perder el su resplandor, se escapó de la mano de la moza, se aposó de la una a la otra parte del hoyu y se hizo como un maderu largo y anchu como un puente. La moza pasó y la moza golvió a la su mano.

Al poco ratu llegó el fin de la cueva, y oyó los quejíos tristes del muchachu. Se apagó el resplandor de la vara y quedó otra vez a oscuras.

Desde el sitio onde estaba la moza veía brillar como un tizón el oju del ojáncanu. La moza tenía mucho miedu y no quería moverse de allí, pero la vara tiraba de ella con mucha juerza y la hacía andar.

Al poco ratu llegó cerca de donde estaba el ojáncanu y el muchachu. El ojáncanu estaba acostau y el mozu tenía aposás las sienes en las manos, sentau en una silla de piedra, tou llenu de pena y llorando sin parar.



En aquel instante la vara golvió a escapase de la mano de la moza que no paraba de temblar de miedu, y se convirtió en cuervu que empezó a volar encima del ojáncanu.

El ojáncanu se levantó asustau y el cuervo se aposó en la su nariz. Arrimó el picu a la oreja del ojáncanu y le habló muy bajucu, como le hablaban lso sus amigos los cuervos.

Cuando el ojáncanu estaba más descuidau oyendo las mentiras que le decía el pajaru, ésti metió el picu en la cabeza del ojáncanu y le arrancó el pelu, que es onde tien el aquel de la vida. El ojáncanu se cayo muertu, el cuervu golvió a convertirse en vara y la vara empezó a alumbrar otra vez.

Como el muchachu no podía andar de los castigos que le había hechu sufrir el ojáncanu, la vara se convirtió en un caballu chicu y blancu.

La moza amontó en él y salieron de la cueva. Mientras duró la oscuridad el caballu tenía las orejas como dos luces.

Anda que te anda llegaron a la choza de la hechicera, al lau de la ermita.

La hechicera estaba hilando sin parar y la rueca no paraba de cantar como los jilgueros. Cuando vio a la moza y al muchachu, aposó la rueca, el caballu golvió a convertise en la vara fresca de fresnu y la hechicera cogió una escudilla azul, y con una masa que tenía la escudilla curó toas las heridas que tenía el muchachu.

Despues se jue y los dijo que esperaran en la choza, que ella iba a buscar las sus ovejas que pacían en el monte, a la parte allá de la ermita.

El muchachu y la moza tuvieron una tentación. Tenían envidia de los platos con las flores pintás de color de las estrellas, tenían envidia de la rueca de oru y de la mesa de coral, porque too ello valía un tesoru. Cogieron toas aquellas cosas y la varuca de fresnu y se escaparon con toas las cosas que tenía la hechicera.

Echaron a andar y cuando estaban algo lejos de la choza descansarun un pocu pa quitar la sed a la orilla de una juente.

Cuando la moza iba a agacharse pa beber la primera, la vara se la escapó de la mano, tocó en el agua y el agua dejó de manar en aquel mismu instante.

Siguieron andando y cuando ya habían bajau la cuesta del monte, la varuca se escapó de la mano de la moza y tocó en la mesa de coral que llevaba la moza a la espalda y en la silla de madera negra que llevaba el muchachu en la espalda. En aquel mismu instante la mesa de coral y la silla reluciente se convirtieron en dos jorobas.

Despues de dejar jorobaos al muchachu y a la moza, la vara se convirtió en azor y echó a volar hacia la choza de la hechicera...