lunes, 20 de agosto de 2012

Cuento de verano(El tesoro )





 La moza acabó de llenar el cántaro en el chorro de la fuente, y empezó a caminar hacia su casa.

A los pocos pasos el cántaro empezó a moverse de un lado a otro. La moza asustada posó el cántaro, y el cántaro se movía en el suelo para arriba y para abajo y de un lado a otro como una peonza.

Al mismu tiempo que se movía oyó una voz que salía del cántaro y que decía así:

Debajo de la fuente
hay un gran tesoro
hecho de plata y de oro...

La muchacha ya sabía que metidos entre el agua hay unos duendes chiquitines que a veces salen con el chorro  y golpean  los cántaros y los rompen por travesura; y otras veces avisan a la gente cuando averiguan que debajo de la tierra por donde viene el agua hay alguna mina o algún tesoro de los que dejaron los moros escondidos.

El duende de las fuentes y de los ríos, que es más chico que la cabeza de una cerilla, no paraba de cantar en el cántaro:

Debajo de la fuente
hay un gran tesoro
hecho de plata y de oro...

Asombrada la muchacha de lo que decía el duende, volvió a la fuente y vació el cántaro, que es lo que hay que hacer cuando un duende se mete en un cántaro, porque si no al beber se le traga y las personas se vuelven locas y traviesas y no pueden parar quietas un momento.

Cuando volvió a  su casa se lo contó a su padre, y al hacerse de noche, cuando ya no había ninguna luz en el pueblo y la gente estaba dormida, la muchacha y  su padre fueron a la fuente con unos picachones para cavar  debajo y encontrar el tesoro enterrado.

Dale que te dale con los picachones y venga a sacar tierra  encontraron una piedra muy ancha.

 Sus fuerzas no podían levantar la piedra y se volvieron a casa desconsolados.

A la noche siguiente volvieron  y tampoco pudieron levantar la piedrona.

Así fueron unas cuantas noches y la piedra sin menearse de allí.

Entonces el padre de la moza se fue al monte y llamó a un ojáncano y le dijo que le daría a su hija si levantaba la piedra para  sacar el tesoro.

El ojáncano bajó con el hombre a la media noche y levantó la piedra.

En unas arcas de hierro había miles y miles de sortijas, de gargantillas y de barras de oro.

Poco a poco el hombre fue sacando aquellas riquezas y el ojáncano se las llevó a casa.

Después el padre, avaricioso y villano, llamo a  su hija y la dijo para engañarla que ya había levantado la piedra y que se fuera con él para traer el tesoro.

La moza se levantó muy contenta y cuando estaban cerca de la fuente encontraron a un crio que iba llorando. El ojáncano estaba  escondido a la parte de allá de un matorral para llevarse a la moza en cuanto el padre le silbara avisándole.

La muchacha compadecida del crío que iba llorando muy desconsolado, le preguntó con mucho cariño y con mucha lástima  por qué lloraba.

Y el crío le respondió que lloraba porque se le había perdido un cordero del rebaño y que venía de un pueblo que estaba a dos leguas buscándole.

En esto se sintió balar a un cordero y la moza y el crío echaron a correr muy contentos hacia donde salían los balidos. Al llegar donde estaba el cordero, el crío le dijo a la moza:

- Corre, corre sin parar
porque  tu padre te quiere engañar.

El cordero se convirtió en un caballo y en el caballo se montaron la moza y el crío.

El ojáncano echó a correr detras del caballo, pero no le alcanzó.

Cuando ya estuvieron muy lejos de la fuente, el crío paró al caballo y dijo a la moza:

- Soy un duende del monte y vi a tu padre con el ojáncano y oí que le decía que le daría la hija si le sacaba el tesoro.

Después de decir estas palabras, el duende se convirtió en una viejecito bajo y gordo, con unas barbas largas, muy blancas; y el caballo se convirtió en cordero y después al darle el duende con el bastón en la frente se convirtió en un lobo muy grande.

Porque todos los duendes del monte van acompañados de un lobo que se puede convertir en pájaro grande, en caballo y en otros animales.

La moza agradeció al duende  su salvación y se quedó con él en  su cueva, a donde se entraba por un roble hueco.

A los pocos días la moza sintió que escarbaban en la tierra, encima de la cueva.

Despertó al duende, que estaba dormido, y el duende adivinó que era el ojáncano que había encontrado el sitio donde se escondían.

En aquel istante dio con el bastón un golpe muy suave en la frente de la moza y la moza se convirtió en una oruga. Dio otro golpe al lobo y el lobo también se convirtió en oruga. Y él también quedó convertido en oruga.

No paraba el ojáncano de escarbar en la tierra hasta llegar a la cueva del duende.

Con el ojáncano estaba el padre de la moza. El duende, la moza y el lobo convertidos en orugas salieron de la cueva.

Después el duende volvió a la cueva, se metió debajo de la tierra y fingía la voz como si hablaran un hombre y una mujer.

El ojáncano no paraba de escarbar, creyendo que debajo de la cueva había otra. Así abrió un hoyo muy hondo. Entonces el duende se convirtió otra vez en oruga, salió al monte, se convirtió otra vez en un viejo bajito y gordo, con las barbas muy largas y muy blancas, se asomó a la orilla del hoyo que abrió el ojáncano y empezó a reirse con toda la fuerza. Se dió él mismo con el bastón en la frente y se convirtió en un gigante con unas manos grandísimas.

Y sin parar de reirse fue echando la tierra en el hoyo y allí quedaron sepultados el ojáncano y el maldito  y avaro padre de la moza.

viernes, 17 de agosto de 2012

Cuento de verano(La novia del ojáncano)





Una vez un ojáncano se enamoró de una muchacha que guardaba un rebaño de ovejas blancas y de ovejas negras. La muchacha estaba un día bebiendo el agua pura en una fuente que manaba en una peña vestída de musgo y la peña se volvió como  estremecida.

Levantó los ojos y vió al ojáncano en pie encima de la peña, con un mirar triste, mirándola y remirándola como un cristiano a una imagen de la iglesia.

La muchacha se fue corriendo, dando voces a los pastores...

Otro día, cuando estaba encendiendo lumbre para templarse un poco, a la parte de allá de un espinar que estaba encima de un ribazo, la llama no pudo medrar. Cuando ardían los escajos una miaja, (poco)venía un viento por entre el espinar, y los escajos se apagaban en seguida, tan pronto como empezaban a arder. Así se encendieron y apagaron unaas cuantas veces.

La muchacha se levantaba y veía que no había viento, porque las hojas de los árboles y las cogullucas de los helechos y de los brezales estaban quietos.

Volvió a encender los escajos y pasó lo mismo que las otras veces. En cuanto ardían un poquitín venía un viento por entre los espinares y apagaba la llama.

Extrañada de que no hubiera viento en el espinar, miró toda sorprendía y vio al mismo ojáncano de la peña de la fuente suspira que te suspira, como un cristiano que tiene algún dolor muy grande en el cuerpo o en el alma.

Los suspiros del ojáncano eran el viento que apagaba la lumbre de los escajos, en cuanto empezaba a nacer.

La muchacha echó a correr y volvió a dar voces llamando a los pastores.

Otra vez bajaba detrás de las ovejas cargada con un gran coloño de leña. Cuando empezaba a bajar el sendero muy resbaladizo, se encontró con que la quitaban el coloño de leña de la cabeza.

Miró sorprendía lo mismo que en la fuente y lo mismo que en la vera del espinar y vio el mismo ojáncano que tenía el coloño en la mano como un hombre lleva un palo, un rastrillu o una picaya.

La muchacha, de puro miedo, no dio voces llamando a los pastores como las otras veces. Siguió detrás de las ovejas, temblando y rezando a todos los santos del cielo de Dios Nuestro Señor.

El ojáncano la iba mirando con mucha tristeza, con el coloño en la mano. Al llegar cerca del pueblo, puso el coloño en la cabeza de la moza y se volvió al monte muy despacio, como una persona que va de mala gana a cualquier sitio.

Así fueron pasando los días. Otro atardecer bajaba la moza con otro coloño y el ojáncano se lo volvió a quitar de la cabeza y a llevarle en la mano hasta cerca del pueblo. La muchacha iba perdiendo el miedo al ojáncano y cuando le encontraba ya no temblaba como antes, ni rezaba a los santos del cielo de Dios Nuestro Señor.

En esto vino la primavera. No había dia sin que el ojáncano dejara de presentarse a la muchacha, que poco a poco fue cogiendo confianza. Al principio le veía y se iba a los pocos instantes, suspira que te suspira, como si todas las penas del mundo estuvieran metidas en el su ánimo. Pero después se estaba más rato cerca de la muchacha sin dejar de mirarla y de suspirar.



Cuando empezó la primavera la confianza era más grande. El ojáncano y la moza estaban casi todo el día juntos. El ojáncano despedazaba peñas, hacía las maldades de siempre, pero cuando estaba con la moza era bueno y pacífico. No paraba de hacerla beneficios. Él la cortaba la leña para hacer los coloños y arrancaba los escajos y las árgomas por donde ella iba andando. Si la fuente estaba lejos, el ojáncano iba a por el agua. Si llovía, el ojáncano escarbaba en una peña y hacía una peña para guarecerse o ahuecaba un árbol. Los otros pastores estaban extrañados de la amistad del ojáncano y la muchacha.

En tos los pueblos la llamaban la novia del ojáncano y las mozas y los mozos la aborrecían. Pero ella le tenía cada vez más apego y sentía mucha desazón en el monte cuando el ojáncano tardaba en llegar junto a ella...

Un día, a mitad de primavera, la moza no subió al monte. El ojáncano la buscó por todas partes y mandó al cuervo que volara sin parar dando vueltas por encima del monte para ver si la veía con el su rebaño.

El cuervo voló toda la mañana, volvió al mediodía, se le posó en la nariz y le dijo que no la veía por ninguna parte. El cuervo por el aire y el ojáncano por las cuestas no encontraron a la moza.

Pasaron muchos días y la moza no aparecía por el monte. El ojáncano cada vez estaba más triste.  Sus maldades eran más villanas y no había choza que no desbaratara. Todos los caminos los llenó de piedras muy grandes y tapó las fuentes con peñascos.

Un atardecer paró a un pastor y le preguntó por donde estaba la moza. El pastor, encogído del miedo, le dijo la verdad. Los padres de la moza la habían mandado a un pueblo, muy lejos del valle, para que no volviera a ver al ojáncano. El pastor siguió  su camino muy contento de que el ojáncano no le hiciera mal...



Al día siguiente, muy de mañana, cuando se levantaron los vecinos, todo el pueblo fue una queja. Los maizales estaban destrozados, las paredes de las huertas caídas, los nogales en el suelo, lo mismo que los perales y los manzanos. No había quedado una pared ni un árbol de fruta en pie. Toda la cosecha estaba destrozada.

Cuando el sacristán fue a tocar a misa se encontró con que habían desaparecído las campanas. Cuando el herrero abrió la fragua vió que le habían llevado el yunque. Cuando el médico fue a enganchar el caballo al carricoche para ir a visitar a los enfermos, se encontró con el caballo muerto y el carricoche con las ruedas partidas..

No pararon aquí las maldades. Toda la hierba de los prados estaba arrancada y pisoteada y las losas del pórtico de la iglesia hechas pedazos, lo mismo que el paredón que se había hecho hacía poco tiempo para que el agua del rio no entrara en la mies. Las portillas de las tierras también aparecieron rotas, lo mismo que el carro y el horno de los padres de la moza.

Todas las mañanas se encontraban los vecinos con algún destrozo. Un día una socarreña destrozada, otro dia un portal con un golpe muy grande, otro día una fuente llena de cantos, otro dia un molino con las ruedas partídas...

Los vecinos arreglaban las paredes por el día y el ojáncano las tiraba por la noche. Así llegó el inverno. La gente estaba sin cosecha, las despensas estaban vacias, los pajares sin hierba. Todos los vecinos estaban entristecídos, sin tener una pizca de harina para llevar al molino.

Una mañana, al poco de amanecer, toda la gente se fue llorando por los caminos con los trastos a cuestas. Unos se fueron a un pueblo y otros a otro, porque el ojáncano enamorado no paraba de hacer mal.

El pueblo se quedó solo y las casas se fueron cayendo poco a poco, hasta que todo fue como un matorral.