Cuando Marta y Luis decidieron tomarse unos días de vacaciones, no buscaban nada especial. Solo silencio. Solo desconectar.
Encontraron la casa perfecta en una web de alquileres: aislada, en medio de un valle verde, rodeada de bosque y con vistas a una carretera que apenas parecía usarse. Las fotos mostraban una vivienda de piedra, acogedora, con chimenea y ventanas grandes. Demasiado perfecta… pero a buen precio.
—Es justo lo que necesitamos —dijo Marta.
Luis dudó un segundo. No sabría explicar por qué, pero algo en las imágenes le producía una ligera incomodidad. Aun así, aceptó.
Llegaron al atardecer.
El camino era más estrecho de lo que parecía en el mapa, y los árboles se cerraban sobre el coche como si quisieran impedirles el paso. Cuando por fin la casa apareció, ambos se quedaron en silencio.
Era exactamente igual que en las fotos… pero había algo distinto.
Demasiado silenciosa.
Ni viento.
Ni pájaros.
Nada.
—Será la tranquilidad que queríamos —bromeó Marta, aunque su voz no sonó del todo segura.
La puerta estaba abierta.
Dentro, todo estaba limpio. Preparado. Incluso había leña ya colocada junto a la chimenea. Una nota sobre la mesa decía:
"Disfruten de la casa. No salgan por la noche."
Luis soltó una risa.
—Alguna broma del dueño.
Marta no respondió.
La primera noche fue normal… casi.
Se acostaron pronto, agotados por el viaje. Pero a mitad de la madrugada, Marta despertó.
Había alguien caminando arriba.
Pasos lentos. Arrastrados.
Cloc… cloc… cloc…
Marta se incorporó.
—Luis… ¿has oído eso?
—Será la madera —murmuró él, medio dormido.
Pero la casa no tenía planta superior.
A la mañana siguiente, Luis comprobó el techo. Bajo, sólido, sin escaleras ni acceso a ningún otro nivel.
—Te lo has imaginado —dijo, aunque ahora no sonaba tan convencido.
Marta no discutió. Pero empezó a fijarse en cosas.
La leña… estaba desordenada, aunque nadie la había tocado.
Una silla aparecía movida.
Y en el espejo del baño… había algo.
Como una huella.
Desde dentro.
Esa noche decidieron cerrar todo con llave.
Puertas. Ventanas. Incluso la puerta del baño.
Cenaron en silencio.
Y entonces… ocurrió.
Un golpe seco en la puerta principal.
Los dos se miraron.
Otro golpe.
—¿Quién va a venir aquí? —susurró Marta.
Luis se levantó con cautela. Se acercó a la puerta… y miró por la mirilla.
No había nadie.
Pero entonces… algo respiró al otro lado.
Lento. Pegado a la madera.
Luis retrocedió.
—No hay nadie… pero…
El tercer golpe fue más fuerte.
Y la voz llegó después.
—Dejadme entrar…
No era una voz humana.
Era como si varias voces hablaran al mismo tiempo.
No abrieron.
Apagaron las luces y se encerraron en la habitación.
Durante horas, la casa crujió.
Pasos en el techo que no existía.
Susurros detrás de las paredes.
Algo arrastrándose por el pasillo.
Y luego… silencio.
Al amanecer, todo parecía normal.
Demasiado normal.
—Nos vamos —dijo Marta.
Luis asintió sin discutir.
Recogieron sus cosas a toda prisa. Salieron. Subieron al coche.
Y condujeron sin mirar atrás.
Cuando por fin llegaron a un pueblo cercano, pararon en un bar.
—La casa del valle —le dijo Luis al camarero—. ¿Sabes quién la alquila?
El hombre dejó de limpiar el vaso.
—Esa casa no se alquila.
—Claro que sí, la reservamos online.
El camarero negó despacio.
—Esa casa lleva vacía desde hace años.
Marta sintió un frío recorriéndole la espalda.
—¿Por qué?
El hombre dudó. Luego respondió:
—Porque la última pareja que fue… nunca salió.
Luis sacó el móvil.
Buscó la reserva.
No había nada.
Ni correos.
Ni confirmación.
Ni rastro de la casa.
Como si nunca hubiera existido.
Esa noche, ya en su propio hogar, Marta fue al baño.
Se miró en el espejo.
Y se quedó paralizada.
Allí estaba otra vez.
La huella.
Desde dentro del cristal.
Y esta vez… no estaba sola.
Algo detrás de ella… también la miraba.
Marta no gritó.
No pudo.
Su cuerpo se quedó rígido mientras observaba el espejo. La figura detrás de ella no era nítida… era más bien una ausencia, una silueta deformada, como si alguien hubiera borrado a una persona dejando solo su contorno en el aire.
Y respiraba.
El cristal se empañaba al ritmo de aquello.
Lento. Profundo.
Marta cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió… ya no había nada.
—Luis… —susurró.
Luis llegó corriendo.
—¿Qué pasa?
Marta señaló el espejo. La huella seguía ahí. Pero ahora había algo más.
Un rastro.
Como si algo hubiera apoyado la mano… y luego se hubiera deslizado hacia abajo. Desde dentro.
Luis tragó saliva.
—Esto no es posible…
—Nos ha seguido —dijo Marta, casi sin voz.
Y en ese instante… la luz parpadeó.

