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domingo, 27 de octubre de 2024

Tarde de otoño


 

La tarde caía en la ciudad, y el otoño le confería un aire melancólico y hermoso al paisaje urbano. Las hojas secas tapizaban las aceras en tonos de cobre, dorado y marrón, y un leve viento las hacía bailar en espirales alrededor de los transeúntes. El aire estaba fresco, con ese toque justo de frío que invitaba a refugiarse en bufandas y abrigos; una promesa de los inviernos venideros.

Caminando por la avenida, los edificios parecían teñidos por una paleta cálida que sólo el sol otoñal sabe crear. Las fachadas de ladrillo, los escaparates de los cafés y las tiendas de antigüedades reflejaban los rayos de un sol ya cansado, que descendía poco a poco, arrojando sombras largas y doradas. A cada paso, se escuchaba el crujido de las hojas bajo los pies y el sonido de alguna conversación lejana.

Al pasar frente a una pequeña librería, me detuve, atraído por su escaparate. Adentro, el ambiente era acogedor, cálido, y los estantes estaban llenos de libros polvorientos. La dueña, una mujer de cabellos plateados y lentes redondeados, organizaba pilas de novelas en una mesa de madera envejecida. Los pocos clientes hojeaban en silencio, y el olor a papel antiguo y café recién hecho envolvía el espacio.

Continué mi paseo. Los parques empezaban a vaciarse, pero todavía quedaban parejas paseando y niños jugando entre las hojas caídas. Los bancos de madera y las estatuas cubiertas de hojas secas parecían personajes olvidados de otra época, recordándonos que el tiempo siempre sigue su curso.

A medida que el sol se escondía, las luces de las farolas comenzaron a encenderse, bañando las calles con una luz suave y anaranjada. La ciudad entera parecía transformarse en un lugar diferente: uno de secretos y memorias, donde el ritmo cotidiano se relajaba y cada detalle cobraba vida propia.

Finalmente, el cielo se tiñó de un azul profundo y frío, y el aire se llenó de un silencio que sólo el otoño en la ciudad puede traer. Caminé hacia casa, respirando la última brisa de esa tarde, sintiéndome parte de algo efímero pero eterno: el encanto de una tarde de otoño en la ciudad.







viernes, 4 de octubre de 2024

Un encuentro inesperado



Era una tarde como cualquier otra, con el sol descendiendo lentamente, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados. Caminaba por las calles empedradas del centro, sumergido en mis pensamientos, cuando una figura familiar captó mi atención a lo lejos. No era posible. Hacía años que no la veía, y todo indicaba que nuestras vidas habían tomado rumbos completamente distintos.

Mis pasos vacilaron un segundo, pero la curiosidad fue más fuerte. La reconocí al instante: el mismo cabello rizado que siempre bailaba con el viento, los mismos ojos que alguna vez habían sido testigos de nuestras conversaciones interminables. Era Marta.

Me acerqué lentamente, sin saber si debía llamarla o simplemente dejar que el pasado siguiera siendo pasado. Sin embargo, antes de poder decidir, ella levantó la mirada y nuestros ojos se cruzaron. Hubo un instante de incertidumbre, un segundo eterno en el que ninguno de los dos sabía qué decir o hacer. Pero luego, algo cambió. Sus labios se curvaron en una sonrisa, y fue como si el tiempo no hubiera pasado.

—No puedo creer que seas tú —dijo ella con una mezcla de asombro y alegría.

Nos saludamos con un abrazo torpe, casi como dos viejos amigos que intentan recordar cómo se sentía esa cercanía. Hablamos de lo que había pasado en nuestras vidas desde aquella última vez. De los lugares que habíamos visitado, las personas que habíamos conocido, y las lecciones que habíamos aprendido.

El encuentro fue breve, pero suficiente para recordarme lo impredecible que es la vida. A veces, cuando menos lo esperas, las piezas del pasado regresan para recordarte que, aunque todo cambie, hay cosas que siempre permanecen en algún rincón de tu memoria, esperando ser redescubiertas.