miércoles, 29 de octubre de 2025

Cuando llegó el verano


 

Clara solía pasear cada tarde por el malecón del puerto, sola, con los auriculares puestos y una libreta en la mano. Llevaba meses sintiéndose fuera de lugar, como si su vida se hubiera detenido en una estación vacía mientras los trenes de los demás seguían pasando.
Aquel junio, el aire olía a sal, a madera húmeda y a promesas no cumplidas.

Le gustaba sentarse en el banco más cercano al faro, donde podía ver cómo las olas golpeaban el espigón y los barcos regresaban lentamente al puerto. Escribía pequeñas historias sobre desconocidos, sobre personas que, como ella, buscaban algo que no sabían nombrar.

Un día, mientras el sol se hundía en el horizonte, un golpe de viento arrancó una hoja de su libreta y la hizo volar hacia el paseo. Corrió tras ella, riendo por primera vez en semanas, hasta que alguien la atrapó al vuelo.

Era un chico de su edad, con una sonrisa tranquila y los ojos del color del mar en calma.
—Creo que esto es tuyo —dijo él, tendiéndole la hoja.

Clara asintió, algo avergonzada.
—Gracias… es solo un borrador. No tiene importancia.
—Todo lo que escribes tiene importancia —respondió él, con una naturalidad que desarmó su timidez.

Se llamaba Leo. Había llegado hacía poco al pueblo para trabajar en el taller de su tío, un hombre que reparaba barcos y sabía más de mareas que de relojes. Leo venía de una ciudad lejana y buscaba algo de paz, después de un año difícil que no solía mencionar.

Al día siguiente volvieron a coincidir. Luego al otro. Pronto dejaron de fingir que era casualidad. Caminaban juntos al atardecer, compartiendo helados, risas y silencios que no pesaban. A veces se quedaban simplemente observando cómo el mar se tragaba el último hilo de luz del día.

Clara le habló de su sueño de ser escritora, de sus miedos, de las noches en las que dudaba de todo. Leo, a su vez, le contó que soñaba con recorrer el mundo en una furgoneta vieja, arreglándola con sus propias manos y durmiendo bajo las estrellas.
—Podrías escribir nuestras rutas —dijo él una tarde, mientras dibujaba líneas imaginarias sobre la arena—. Así el viaje nunca terminaría.

Desde entonces, comenzaron a construir ese sueño. Cada fin de semana exploraban pueblos cercanos, hacían fotografías, llenaban cuadernos con anécdotas, con frases sueltas y promesas pequeñas. A veces se discutían por tonterías, pero nunca dejaban de reír juntos después.

El verano fue pasando, pero algo había cambiado en ellos. Ya no se sentían solos. En sus miradas había un refugio, una certeza. Cuando llegaba la noche, se quedaban mirando las luces del puerto, con los dedos entrelazados y el corazón ligero.

Una noche de agosto, Leo la llevó al faro. Tenía las manos manchadas de pintura y una sonrisa nerviosa.
—He terminado algo —dijo.
Le mostró una pequeña furgoneta azul, vieja pero restaurada con paciencia. En el lateral, había pintado una frase: “Donde el viento nos lleve.”
Clara no dijo nada, solo lo abrazó con fuerza.

Un año después, cumplieron su promesa: partieron hacia el sur con la furgoneta llena de mapas, libros, guitarras desafinadas y la esperanza de que el camino les enseñara quiénes eran. Clara llevaba su libreta en el regazo; Leo, la guitarra que nunca había aprendido del todo a tocar.

Mientras el paisaje se abría ante ellos, Clara escribió la primera frase de su libro:

“A veces, el amor llega sin ruido, como una hoja que el viento arrastra hasta las manos de quien más lo necesita.”

El viaje fue largo. Atravesaron montañas, playas, ciudades llenas de luces y aldeas dormidas al borde del camino. Conocieron gente amable, tuvieron días difíciles y noches de lluvia en las que solo el calor del otro bastaba para seguir adelante.

Un día, al llegar a un acantilado frente al mar, Clara cerró su libreta y miró a Leo.
—¿Te das cuenta? —susurró—. Ya no escribo sobre soledad.
Él sonrió, tomándola de la mano.
—Porque la encontraste.
—¿El amor?
—El futuro —respondió él.

Y así, entre kilómetros y sonrisas, comprendieron que la felicidad no estaba en un lugar, sino en la persona que camina a tu lado.

lunes, 21 de julio de 2025

El faro de las dos hermanas


  Isla de Costerina, 12 de octubre

Hace tres días que no pasa barco alguno.

No es raro, no en esta época del año, pero hay algo en el silencio que se siente distinto. Como si el mar, por una vez, estuviera conteniéndose. Hoy he recorrido el perímetro de la isla como cada mañana. Nada ha cambiado, salvo el farallón sur, donde juraría que hay una grieta nueva. Pequeña, oscura. No la recuerdo. Aunque eso no significa mucho: llevo en esta roca más de veinte años.

Anoche, al revisar el aceite del motor, noté que una puerta del faro estaba abierta. La que da a la escalera del acantilado. Siempre la dejo cerrada. La cerré. Lo sé. Pero no había señales de forzamiento, ni huellas.

Solo olor a algas mojadas. Y un susurro muy bajo, como de mujer o viento.

No tengo radio. La vieja dejó de funcionar hace dos inviernos. Nadie me visita desde septiembre. Y no espero relevos hasta noviembre.

He encendido el faro con media hora de antelación. No por los barcos.

Por mi.

13 de octubre

Hoy ha llovido como no llovía desde abril. El agua tamborileaba contra los cristales del faro como dedos impacientes, queriendo entrar. Apenas he salido más allá del cobertizo de leña. He aprovechado para limpiar el cristal del fanal desde dentro. La lámpara brilla como si supiera que la oscuridad esta noche será más densa de lo habitual.

A las 19:45 la vi por primera vez con claridad.

Una figura humana, quieta, recortada contra la espuma en “las Hermanas”. Llevaba algo blanco, como un vestido o una túnica. El mar golpeaba fuerte las rocas, pero ella no se movía.

Ni una sacudida.

Ni una señal de vida.

Tomé los prismáticos. Era una mujer. O algo que lo parecía. Rostro pálido. Cabello oscuro. Los brazos caían a los costados, rectos. Estaba… mirándome. Lo supe sin duda alguna, aunque desde allí no podía distinguirme.

Cuando bajé al acantilado, la figura ya no estaba.

Quedaban, sin embargo, unas pisadas en la arena húmeda. Y no eran mías. Eran más pequeñas, más finas. Se perdían entre las piedras.

En la cocina, esta noche, ha crujido la madera. La silla frente a mí se movió un par de centímetros. Y el cuaderno… este cuaderno, el que ahora escribo, estaba abierto por una página que aún no había escrito. Una frase escrita con mi letra, aunque yo no la recordaba:

“Si la luz no gira, la isla deja de existir.”

No recuerdo haberlo anotado. Pero no puedo decir que me sorprenda.

He dejado la lámpara encendida. No quiero dormir.


 14 de octubre

Anoche soñé que el mar estaba lleno de barcos.

No navegaban. No se movían. Solo flotaban, como dormidos, uno al lado del otro, cubiertos por la bruma. Algunos eran veleros antiguos; otros, embarcaciones que nunca he visto en estas aguas. Uno tenía el nombre "Adela" escrito en el casco. Me costó un momento recordar por qué ese nombre me dolía. Luego lo recordé.

Adela fue mi mujer.

Lo fue durante cuatro años, antes de que desapareciera.

Un paseo en barca, una corriente traicionera, un último grito que el viento me robó.

Jamás recuperaron su cuerpo.

En el sueño, los barcos estaban alineados frente al faro, como esperando mi señal. Pero yo no podía encender la luz. El interruptor no respondía. La lámpara estaba intacta, pero el mecanismo giratorio estaba cubierto de algas, como si llevara siglos hundido bajo el agua.

Al despertar, la lámpara giraba normalmente. La luz seguía su danza sobre las paredes de mi cuarto. Pero el cuaderno estaba otra vez abierto.

Otra frase:

“Ella viene por la luz. No por ti.”

¿Quién escribe esto? ¿Soy yo? ¿Otra versión de mí? ¿Ella?

He bajado al cobertizo. He buscado la caja de madera donde guardaba las cartas de Adela. Juraría que estaba bajo llave. La encontré abierta. Dentro, solo quedaba una foto. Una de las pocas que conservábamos juntos. Pero en la imagen, ella ya no estaba. Solo yo, con la mano extendida, señalando un espacio vacío a mi lado.

No sé si estoy volviéndome loco. O si la locura es lo único real aquí.


 15 de octubre

Hoy he hecho lo impensable.

He apagado el faro.

Lo escribo con la calma de quien ha dejado caer algo valioso por accidente… y aún no ha escuchado el golpe.

Pero lo hice. Deliberadamente.

A las 18:20, bajé a la sala de motores, abrí la compuerta del sistema rotatorio, y desconecté el generador de emergencia. No fue difícil. Es casi un alivio lo sencillo que fue.

La lámpara se apagó al instante.

El silencio que siguió no fue natural.

Era como si la isla hubiese dejado de respirar.

Subí a la linterna para comprobar, casi con esperanza, que tal vez la luz se resistiría, que alguna chispa mágica seguiría encendida. Pero no. Ni parpadeo. Solo el cristal frío y opaco, como un ojo cerrado.

Esperé. Sentado en la escalera de caracol. Una hora, quizás dos.

Y entonces apareció.

La figura. Esta vez mucho más cerca.

No en las Hermanas. No en la playa.

En el acantilado, justo al pie del faro.

Vi cómo la luz de la luna la tocaba como a una pintura sumergida en agua. Lenta, desdibujada, hermosa. No puedo negar que era ella. Adela. No como la recordaba, sino como si el recuerdo se hubiera fundido con la isla misma. Su cabello flotaba con el viento, pero su vestido permanecía inmóvil.

Me miró.

No con reproche, ni con tristeza. Solo… con espera. Como si hubiera estado aguardando ese instante desde siempre.

No habló. Pero supe lo que quería decir.

“La luz no era para salvarlos. Era para mantenerlos fuera.”

El mar estaba en calma. Irrealmente plano.

No se oía el romper de las olas.

Ahora son las 03:12. Sigo sin encender el faro. Y sé que ella aún está ahí, abajo, esperando.

No tengo miedo.

Solo una certeza que me pesa en los huesos: esta isla ha estado viva todo el tiempo. No soy su cuidador. Soy su prisionero.

Y ahora la puerta ya no está cerrada.


16 de octubre

He bajado al acantilado.

La figura seguía allí, inmóvil. Cuando la linterna del faro dejó de girar anoche, pareció volverse más nítida, más real. Como si la oscuridad la reclamara como suya.

Al pisar la arena noté que algo era distinto. No era solo el silencio. Era el eco.

Mis pasos no sonaban como siempre.

Resonaban como si caminaran sobre un suelo hueco, una cáscara fina sobre algo profundo.

Adela —o lo que quedaba de ella— no se movió. Pero en cuanto estuve a pocos metros, el aire cambió. Sentí un frío húmedo, antiguo, como de sótano olvidado.

Y entonces escuché su voz.

No desde fuera. Desde dentro.

No hablaba con palabras, sino con imágenes, recuerdos, sabores salados que no sabía que recordaba. Me mostró la isla antes. Antes de los mapas. Antes del faro.

Cuando era un santuario.

Cuando las luces no se encendían para guiar… sino para contener.

La isla es un umbral.

Eso me dijo. Un lugar poroso, donde el mundo de los vivos y el otro se rozan como velas en una corriente. Y el faro no fue construido para salvar barcos. Fue construido para sellar la grieta.

Cada vez que la lámpara gira, refuerza el límite.

Cada vez que se apaga, la grieta respira.

Me mostró otros como yo. Hombres solitarios. Vigilantes. Todos con rostros que se me hicieron familiares. Algunos aún vivos, otros ya devorados por la isla.

Todos habíamos perdido a alguien.

Ella no fue arrastrada por el mar. No se ahogó. Fue llamada.

El día que la perdí fue el primer día que apagué el faro, solo por unos minutos, en aquel otro invierno.

Nunca me lo perdoné.

Ahora sé que la isla no castiga. La isla recuerda.

Y toma.

Esta noche, la grieta se abrirá del todo si no vuelvo a encender la luz. Pero no estoy seguro de quererlo.

Por primera vez en años, Adela me habló.

Aunque no era del todo ella.

 17 de octubre, 05:42

Ella me miró por última vez.

No como una aparición, ni como un reproche.

Me miró como quien reconoce el final de un viaje… y bendice al que se queda.

La noche había caído como plomo. Pero en su centro, la isla respiraba. Sentí la grieta abrirse, no como una herida, sino como un suspiro largo y antiguo.

La frontera era frágil. Yo también.

Pero la decisión era mía.

Subí los peldaños de la torre con el corazón latiendo lento, como si cada escalón fuera una oración. En la sala de la linterna, el polvo dormía sobre los engranajes, y la lámpara aguardaba como un ojo ciego.

Puse la mano sobre la palanca.

La encendí.

No con miedo, ni con rabia. Con compasión. Por ella. Por mí.

Por los que llegaron antes.

Y por los que vendrán después.

La luz del faro giró.

Y al hacerlo, no disolvió a Adela: la liberó.

Abajo, en el acantilado, vi su silueta alzarse, deshacerse suavemente con la niebla, como niebla misma.

Sin dolor. Sin pena. Solo con gratitud.

La grieta se cerró.

La isla respiró hondo y volvió a dormirse.

Ahora, al escribir esto, no me siento solo.

No siento pérdida, ni locura.

Siento que formo parte de algo más vasto.

Una cadena de vigilantes que no protegen barcos, sino memorias.

Historias. Lazos que el mar no borra, solo transforma.

Seguiré aquí. Hasta que me toque a mí ser luz, o sombra.

Pero esta noche, el faro gira.

Y con cada giro, Adela está en paz.

Y yo también.